30 de noviembre de 2011

La vida inventada del maestro malabarista

Payaso haciendo malabares
Pompompompóm:

-Atención, presten atención: el maestro Rudolf está afónico, pero eso para nuestro profesor es más un reto que un inconveniente. Como es un gran mimo, explicará la clase con muecas esforzadas.

Así empezó aquella tarde la clase de diseño web.

-Rudolf, perdona: hoy no vas a tener Internet. Ahora ya no podrás decir que funciona mal.

Y el maestro malabarista montó un servidor virtual en la imaginación de los alumnos.

Otro día, nada más llegar las primeras nieves, saltaron los plomos y se fue la luz:

-Rudolf, Rudolf: si enciendes la calefacción os quedaréis a obscuras.

Y todos los alumnos corrieron a ponerse el abrigo. Al menos el ronroneo de las CPUs indicaba que aún seguían vivas. De los ventiladores de la placa madre emanaba un aliento, ligeramente cálido, que en algo les aliviaba y les desentumecía los huesos.

Cuando llegaron los primeros calores del verano pensaron que podrían liberarse del peso de sus abrigos:

- Rudolf, Rudolf: os hemos instalado un potente aire acondicionado para que estéis bien fresquitos. No podéis apagarlo, porque lo gobierna un mando central desde alguna parte del planeta. El desencanto que vais a sufrir es consecuencia de la globalización: para que otros no sientan calor, vosotros deberéis sentir un frío casi polar. Pero como sois pocos os toca sacrificaros en pro del bien común.

Rudolf, el malabarista, sintió dar otra vuelta de tuerca a su apretada bufanda. Y ya nunca nadie abandonó su forro polar.

-Perdonad que entren estos señores en el aula: son los fontaneros, y tienen que perforar el suelo y parte de la pared porque tienen que buscar las tuberías, cuyos planos nadie sabe dónde andan. Pero vosotros seguid trabajando como si tal cosa, haced como si no estuvieran.

El martilleo sobre los radiadores devolvía un eco de submarino. Entonces el concienzudo maestro se sacó un ejercicio largo de la chistera, y pidió a sus alumnos que trabajaran en silencio.

A pesar de todos los obstáculos -así es el mundo del espectáculo-, el habilidoso maestro, poco a poco, conseguía transmitir a sus alumnos los complicados conocimientos. Un día vino Chang.

 -Maestro malabarista, aquí te traemos a Chang, que llegó ayer tarde desde China. Ya supondrás que no habla español. Pero lo importante es que le gusta mucho el Real Madrid.

-¿Leal Madlil?: Messi, Piqué, Lonaldo.

Desde aquel día Google Translator fue el mejor aliado del maestro malabarista. Chang era muy trabajador y pronto se puso a la par de sus compañeros.

-Rudolf: este mes no vamos a poder pagarte el sueldo.

El maestro malabarista se sacó una de sus destartaladas botas y la pasó a modo de cepillo. Algunas de la moneditas que le dieron sus alumnos se perdían por los agujeros de la suela. Con las monedas que encontró después de la colecta se compró un dónut y un café con leche en la cafetería de enfrente. A fin de mes no pudo hacer frente al pago de la renta. El casero le echó de casa, así que decidió trasladarse al aula con todos sus enseres, que por otra parte eran escasos.

-Maestro Rudolf: que nos tenemos que llevar tu ordenador. De todas formas, como nos dijiste que estaba apunto de caducarte la licencia del software pensamos que no te importaría...

El malabarista cogió una tiza y dibujó una pantalla en la pizarra. Cuando la tiza expiró entre sus dedos escribió en la pizarra arañando con las uñas. Cuando se quedó sin uñas dibujó los gráficos en el aire, muy rápido. Sus habilidosos dedos dejaban una estela precisa en el aire, y de esa manera los alumnos podían percibir el rastro que esbozaba la velocidad en el espacio.

Para Rudolf, el maestro malabarista, lo más importante era el espectáculo, y pese a los imprevistos, éste siempre debía continuar...

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