31 de julio de 2011

La ilusión nunca se pierde

Hace unos pocos años, apenas 15 ya, cómo pasa el tiempo, jugaba en la calle al fútbol con unos chiquillos. Como siempre, nadie quería ser portero, y esperábamos a que alguien se pusiera de guardameta. Un anciano pasó caminando en ese momento, y se quedó parado en la portería mirándonos sin decir nada. Nos quedamos extrañados, y tiernamente le preguntamos: "¿se pone de portero?". Con un leve gesto de cabeza nos dijo que sí. Era extraño ver a un abuelete jugando entre chiquillos y un par de jóvenes, pero era un alivio que se ocupase de la portería, mejor era un anciano a que no se pusiese nadie.

Continuamos jugando despreocupados, hasta que en un contrataque, uno de los chiquillos del equipo contrario tiró directo a nuestra portería. Nuestro anciano portero, ni corto ni perezoso, se tiró al suelo de tierra y blocó el balón, en una palomita formidable. Ni tan siquiera le preocupó que iba en ropa de calle, quizá porque esa parada era la última, y por eso la más importante de su vida. Todos nos quedamos boquiabiertos ante la espectacular azaña que acabábamos de presenciar, y empezamos a aplaudir como en esas películas cursis de los americanos. El pobre anciano se debió hacer daño, y le ayudamos a ponerse en pie. Se sacudió el polvo de la ropa, agradeció con un gesto dulce nuestros aplausos, y continuó con el camino que llevaba con paso dolorido...

Han pasado los años, y hoy he rescatado aquella hazaña de mi memoria. Imagino que porque ayer vi a otro abuelo pasarle un balón perdido a unos chicos con un ligero toque. Yo seguía con hambre de fútbol esa pelota huérfana, y me dio por pensar que el anciano, igual que yo, debió un día jugar al fútbol.

A las chicas y a los patosos nunca les pasan la pelota. Y con los años te vuelves más patoso aún. Cuando los años pasan, la juventud se va. Se añora la belleza, la piel tersa, los dientes sanos, los amores despreocupados, y la resistencia física. Yo añoro sobre todo dar patadas a un balón de fútbol, y divertirme dando y recibiendo unos pases, aunque siempre haya sido patoso. Ahora comprendo que aquél anciano de la palomita increíble había perdido hacía mucho la juventud, pero seguía con unas ganas locas de jugar. Y por eso nos regaló la parada más memorable que nunca he visto.

Quizá los años le dejan a uno en el banquillo. Pero la ilusión de que el entrenador te saque para poder jugar un ratito... eso no se pierde. No, la ilusión, ¡eso nunca se pierde!

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