24 de marzo de 2011

El funcionario

El grito, de Edvard Munch
El grito, de Edvard Munch
Era menudo y minúsculo, como una cagada de mosca. Había tirado los años más preciosos de su vida, casi toda la juventud, preparando una oposición de administrativo en un cuerpo cualquiera del Estado. El titánico esfuerzo le había arrugado el físico por fuera y el alma por dentro, y había quedado como una pasa sin dulce. Pero había logrado su objetivo: una paga de por vida. Lo que no sabía era que el sueldo sería a cambio de una cadena perpetua a un trabajo gris, absurdo y aburrido.

Quizá la dura oposición era en realidad una selección en busca de la raza de seres que pudieran aguantar la mediocridad laboral venidera. Estudiar de memoria artículos de la Constitución, códigos postales y procedimientos administrativos imprime carácter. Y después de tanta criba él fue uno de “los elegidos”.
 
Si los 6 años de dura oposición le exprimieron como a una pasa, los 21 que ya llevaba de oficio aburrido le habían convertido en un amargado. En el trabajo, a lo largo de la mañana no hacía más que mirar el reloj, pues las horas se le hacían eternas entre tanto papel y formulario. Cuando se aproximaba la hora de salir se volvía nervioso, y casi gemía de ansiedad en un comportamiento adquirido, como el de un perro insalivando a la hora en que espera la comida del amo. Cuando llegaba el horario de verano trabajaba una hora menos, y entonces salía disparado por la puerta, compitiendo en una frenética carrera con sus compañeros de infortunio.
 
En el centro de trabajo no tenía amigos: unos eran sus aliados, y otros sus enemigos. Todos se movían por puro interés, siendo el interés de cada cual trabajar lo menos posible, y medrar en una jerarquía que te proporcionaba poco sueldo más pero mucha más capacidad para convertirte en un auténtico parásito.
 
Cuanto menos conseguía trabajar, más tiempo tenía para pensar en lo mierda que era su vida. Eso le producía unos terribles ardores de estómago, y entonces pedía una baja. Conseguía alargarla hasta una semana, y con la vuelta al trabajo el ciclo sin fin comenzaba de nuevo: trabajo, amargura, úlcera, casa, trabajo…
 
El único momento en que le gustaba su trabajo era cuando llegaban los becarios. Deseaba entonces que le adjudicasen al mando de una de esas jóvenes estudiantes de tetas prominentes. Le regocijaba explicarles el funcionamiento del fax mientras casi las rozaba por detrás con su pene mustio, y se ponía tierno cuando les susurraba al oído, con su aliento de halitosis, el número secreto de la fotocopiadora. Se sentía importante cuando le regalaba a las chiquillas bolígrafos y tacos de folios que cogía sin permiso del almacén.
 
Algunos años sentía haber caído en desgracia, pues le asignaban becarios varones. Los primeros días les enseñaba con desgana las tareas, y cuando los muchachos habían ya aprendido el trabajo se perdía sin que nadie supiera a dónde iba. Cuando regresaba lo hacía sin dar explicaciones para jugar con los chavales como un gato con su ratón: les exigía la tarea encomendada y les demostraba lo inútiles que eran. Al día siguiente los muchachos se esforzaban de nuevo, en un inútil intento por agradar que jamás tenía recompensa…
 
El mejor momento de su vida era cuando bajaba a desayunar: siempre pedía café con porras. Le gustaba mojar la porra caliente en el café y morderla con rabia, desahogando su ira, sorbiendo el jugo de la leche, siempre templada. Saltándose todas las normas, se fumaba un cigarrillo a bocanadas grandes, mientras se quejaba amargamente del exceso de trabajo con el compañero de cafetería, su cómplice ocasional.
 
Por eso fue trágica la mañana en que el gerente decidió, sin consultarle y sin motivo aparente, retrasarle una hora el turno de desayuno. Cuando bajó a la cafetería las porras se habían acabado. Debido al shock se tomó 3 días libres de asuntos propios. Pensó que en esas condiciones tan lamentables no podría resistir ni un día más. Y así tuvo que aprender a vivir una mañana tras otra, un desayuno tras otro, siempre sin porras y además sin compañeros que le aguantasen la quejosa conversación. Hasta el día en que por fin le llegó la jubilación a la edad de 65 años…

Cada mañana al empezar el día y al regresar por la noche

A veces era tan cándido que llegaba a pensar que su época era la única en la que los inútiles vivían a costa de los sabios. Le parecía casi un imposible que la sociedad viviera en el alambre, y en realidad las cosas siempre han sucedido de tal manera sin que el mundo se haya detenido por ello.

Cada mañana, al despertarse, alargaba las horas bajo las sábanas por el pavor que sentía a enfrentarse al día. Después de lavarse la cara repasaba mentalmente los quehaceres y propósitos que nunca cumpliría. Y al finalizar la jornada alargaba las horas como fuera, porque sentía que se le escapaban los segundos de una vida desaprovechada.

Desde su cómoda ventana le gustaba observar el mundo, mirar sin ser visto. Reflexionaba sobre los absurdos comportamientos del ser humano y eso le ayudaba a olvidarse de sí mismo. Hacía tiempo que prefería no mirarse en el espejo, y cuando lo hacía sentía como un ahogo dentro.

En el trabajo ya no le molestaba ni el monótono desaliento de la rutina. Más bien le desesperaban las tiranías mezquinas de la raza humana, es decir, de sus jefes y clientes. La tarea en sí misma se le hacía cada vez más indiferente, pero no podía soportar a la gente que le rodeaba.

Un día de hartazgo cogió un tren a ninguna parte y soñó como en el pasado, cuando era joven. Ni siquiera llevó una pequeña maleta, pero supo que nunca regresaría…

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