31 de diciembre de 2011

La sopa se enfría

Salón comedor de un barco
El ambiente aparentaba ser aún más cálido debido a los brillos y destellos de la cubertería de plata y de las lámparas bañadas en oro que colgaban del techo. Las dos amigas se acercaron las lentes para leer mejor la carta.

 - Espero que este plato de aquí -dijo Florencia señalando una de las líneas de la carta- no sea una de esas sopas frías que tanto detesto.

- Pregútale al metre, querida -comentó Enriqueta.

Las dos eran unas cincuentonas mustias que se habían embarcado en aquel crucero que atravesaba el Atlántico más que por el viaje en sí mismo, por el placer de a la vuelta cotillear y dar envidia a sus mejores amigas. Se alojaban en camarotes anexos de primera clase.

- Perdone -Florencia interceptó al maître-, ¿en qué consiste este plato, éste de aquí?

El maître dio las indicaciones pertinentes a Florencia, cuando en ese preciso instante los músicos se arrancaron con las primeras notas de un vals suave. Era un cuarteto de cuerda con dos violines, una viola y un violonchelo.

- No me ha quedado claro -comentó Florencia en voz baja a su amiga- ¿es una sopa fría?

- No he prestado atención, querida. Estaba pendiente de los músicos. Ese calvito del bigote me recuerda a mi ex marido.

- De todas formas, voy a pedir la recomendación del maître. Me ha dicho que era una sopa exquisita de marisco. ¿Tú, Enriqueta, qué vas a pedir?

- No sé. Lo mismo qué tú.

Era temprano, y las actividades que se celebraban por la tarde en el barco no habían terminado aún. En el comedor no había más comensales que ellas dos.

- Camarero, camarero -Florencia alzó la voz-. Hemos decidido que las dos vamos a tomar esa sopa de marisco que usted dice que está tan rica.

- ¿Y de segundo, qué van a tomar?

- Aún no lo hemos decidido -respondió Enriqueta.

- Está bien, luego les tomo nota.

Florencia se empeñaba en descifrar los platos de la carta, pero con aquellos nombres raros no obtenía ninguna pista. Mientras tanto su amiga Enriqueta horadaba nerviosa con la uña el pan y se lo comía haciendo pequeñas bolitas.

- No hagas eso con el pan -le reprendió Florencia-, es de mala educación.

- ¡Aj... qué más da! -se excusó Enriqueta-, total ¿quién me va a ver? El comedor está vacío.

- Te ven los camareros. Y te veo yo.

- ¡Ni que tú fueras tan importante!

El camarero apareció con los platos. Justo cuando los depositaba encima de la mesa, un golpe seco sacudió el barco, y la sopa estuvo apunto de verterse fuera de los platos.

- ¡Uy, qué susto! -dijo sobresaltada Florencia- ¿Camarero, qué ha sido eso? ¿No nos iremos a hundir, como el Titanic?

- No se preocupen, señoras -intentó tranquilizar el camarero-. Disculpen, voy a preguntar.

El camarero salió a la carrera hacia la cocina, y Enriqueta no tuvo tiempo de pedirle otro pedazo de pan. Los músicos silenciaron sus instrumentos y también salieron afuera a ver qué pasaba, con lo que las dos amigas quedaron aún más solas en el comedor. Fue Enriqueta la primera en probar la sopa:

- Mmmm... de veras que está rica.

- ¿A ver? Voy a probar -comentó Florencia-. ¡Aj... no sabe a nada! Está insípida, le falta sal.

- ¿Sal? ¿Qué quieres, que sepa a salmuera? Está en su punto.

- ¡Tú que sabrás...!

En el exterior del comedor, se oían ruidos de gente que iba de un lado a otro del barco de manera apresurada. Pero las dos amigas permanecieron inmutables sentadas a la mesa. Florencia esperaba a que el camarero regresase para pedirle el salero. Pero allí no apareció nadie.

- Como no te comas la sopa se te va a enfriar -exhortó Enriqueta a su amiga.

- ¡Qué vergüenza de servicio! -protestó Florencia-. Ni un camarero por ningún lado. Cuando terminemos de cenar les voy a poner una reclamación. Y si terminamos, porque aquí no aparece nadie para preguntarnos por el segundo plato.

Florencia no tuvo más remedio que empezar a comerse la sopa, por más que le resultase insípida. Realmente, ya se estaba quedando fría, lo que añadió más inquina a su desgracia. Enriqueta, mientras tanto, apuraba las últimas cucharadas de su plato.

En el exterior del comedor de primera clase cundía el pánico, pues el barco se hundía lentamente hacia el fondo del océano. Pero las dos amigas, ensortijadas de oro y con collares ostentosos de perlas, permanecían ajenas a lo que afuera sucedía. El absurdo de su manera de ser las mantenía más preocupadas de sus pequeñas bagatelas respecto a la sopa de marisco que de poner a salvo sus vidas. No eran conscientes de que en determinadas situaciones, que la sopa esté sosa o más o menos fría es lo de menos. Pero para hubieran tenido que ser capaces de alzar la vista un poco más allá de sus propias narices...

30 de noviembre de 2011

La vida inventada del maestro malabarista

Payaso haciendo malabares
Pompompompóm:

-Atención, presten atención: el maestro Rudolf está afónico, pero eso para nuestro profesor es más un reto que un inconveniente. Como es un gran mimo, explicará la clase con muecas esforzadas.

Así empezó aquella tarde la clase de diseño web.

-Rudolf, perdona: hoy no vas a tener Internet. Ahora ya no podrás decir que funciona mal.

Y el maestro malabarista montó un servidor virtual en la imaginación de los alumnos.

Otro día, nada más llegar las primeras nieves, saltaron los plomos y se fue la luz:

-Rudolf, Rudolf: si enciendes la calefacción os quedaréis a obscuras.

Y todos los alumnos corrieron a ponerse el abrigo. Al menos el ronroneo de las CPUs indicaba que aún seguían vivas. De los ventiladores de la placa madre emanaba un aliento, ligeramente cálido, que en algo les aliviaba y les desentumecía los huesos.

Cuando llegaron los primeros calores del verano pensaron que podrían liberarse del peso de sus abrigos:

- Rudolf, Rudolf: os hemos instalado un potente aire acondicionado para que estéis bien fresquitos. No podéis apagarlo, porque lo gobierna un mando central desde alguna parte del planeta. El desencanto que vais a sufrir es consecuencia de la globalización: para que otros no sientan calor, vosotros deberéis sentir un frío casi polar. Pero como sois pocos os toca sacrificaros en pro del bien común.

Rudolf, el malabarista, sintió dar otra vuelta de tuerca a su apretada bufanda. Y ya nunca nadie abandonó su forro polar.

-Perdonad que entren estos señores en el aula: son los fontaneros, y tienen que perforar el suelo y parte de la pared porque tienen que buscar las tuberías, cuyos planos nadie sabe dónde andan. Pero vosotros seguid trabajando como si tal cosa, haced como si no estuvieran.

El martilleo sobre los radiadores devolvía un eco de submarino. Entonces el concienzudo maestro se sacó un ejercicio largo de la chistera, y pidió a sus alumnos que trabajaran en silencio.

A pesar de todos los obstáculos -así es el mundo del espectáculo-, el habilidoso maestro, poco a poco, conseguía transmitir a sus alumnos los complicados conocimientos. Un día vino Chang.

 -Maestro malabarista, aquí te traemos a Chang, que llegó ayer tarde desde China. Ya supondrás que no habla español. Pero lo importante es que le gusta mucho el Real Madrid.

-¿Leal Madlil?: Messi, Piqué, Lonaldo.

Desde aquel día Google Translator fue el mejor aliado del maestro malabarista. Chang era muy trabajador y pronto se puso a la par de sus compañeros.

-Rudolf: este mes no vamos a poder pagarte el sueldo.

El maestro malabarista se sacó una de sus destartaladas botas y la pasó a modo de cepillo. Algunas de la moneditas que le dieron sus alumnos se perdían por los agujeros de la suela. Con las monedas que encontró después de la colecta se compró un dónut y un café con leche en la cafetería de enfrente. A fin de mes no pudo hacer frente al pago de la renta. El casero le echó de casa, así que decidió trasladarse al aula con todos sus enseres, que por otra parte eran escasos.

-Maestro Rudolf: que nos tenemos que llevar tu ordenador. De todas formas, como nos dijiste que estaba apunto de caducarte la licencia del software pensamos que no te importaría...

El malabarista cogió una tiza y dibujó una pantalla en la pizarra. Cuando la tiza expiró entre sus dedos escribió en la pizarra arañando con las uñas. Cuando se quedó sin uñas dibujó los gráficos en el aire, muy rápido. Sus habilidosos dedos dejaban una estela precisa en el aire, y de esa manera los alumnos podían percibir el rastro que esbozaba la velocidad en el espacio.

Para Rudolf, el maestro malabarista, lo más importante era el espectáculo, y pese a los imprevistos, éste siempre debía continuar...

31 de octubre de 2011

Liberales

Pequeña presa
La pesada lluvia, que no cesaba desde bien temprano, hacía más molesto el camino. Roque sintió hambre, pues eran ya cerca de las 4 de la tarde, y no había probado más bocado que una barrita energética desde la mañana. El mapa era confuso, y no se divisisaba ningún poblado cerca: con la lluvia cerrada era difícil ver a lo lejos. Para no perderse, Roque venía siguiendo el curso de un riachuelo que según el mapa pasaba por un poblado. Pensó que si ascendía un poco, quizá desde lo alto del cerro cercano se pudiese ver algo. Pero en ese momento el aguacero arreció con fuerza, así que no le atrajo la idea.

El pequeño riachuelo rugía cada vez con más fuerza. A su vereda, Roque descubrió lo que parecían ser las ruinas de un pequeño templo y se sintió afortunado. Se acercó, y aunque el lugar estaba lleno de humedad, al menos en un pequeño rincón quedaba algo de techo en el que guarecerse del ímpetu del agua.

Llovía como nunca había visto desde que llegó al planeta de sus padres. Sacó de su mochila la cocina portátil y un pequeño cazo. Por los agujeros de aquel momentáneo refugio caían a borbotones numerosos chorros de agua. Por un instante le recordaron a su infancia, cuando con sus amigos jugaban a salpicarse con el agua que se fugaba de las cañerías viejas. Se acercó a uno de los chorros y llenó el cazo: el agua era limpia y fresca. Encendió el fuego y puso a calentar el agua. Cuando ésta entró en ebullición echó una pastilla de alimento concentrado.

En la mano de Roque, la cuchara daba vueltas en el cazo. En su giro producía un remolino hipnótico de grumitos de alimentos indeterminados. Roque seguía los pequeños grumos con esa mirada perdida que siempre terminaba en sus propios pensamientos.

Cuando el preparado alimenticio estuvo listo Roque apagó el fuego. Acercó las manos entumecidas por el frío, y sintió un gran alivio. Dio un sorbito, el caldo quemaba, pero sintió cierto alivio. Apensas hubo dado un segundo sorbito cuando escuchó como un rugido que venía del riachuelo que estaba a tan solo unos pasos de donde se encontraba. Echó una mirada al riachuelo por entre los muros del refugio, y vio con horror que más arriba el cauce venía desbordado, arrasando con lo que encontraba a su paso. Tiró el cazo con el caldo caliente, cogió la mochila, y corrió todo lo que pudo hasta un punto más alto...

El torrente de agua, piedras y lodo le alcanzó, pero se agarró a un árbol con todas sus fuerzas, y peleó por alcanzar el borde indemne junto a la riada. Se arrepentía de haber cogido la mochila, pues ahora era un peso muerto colgado a su espalda. Estaba metido en el fango hasta un poco más abajo de la cintura. Sentía que el árbol era su salvavidas y no se atrevía a soltarlo. Pero si no se soltaba no podría alcanzar la orilla, que apenas estaba a unos centímetros de él. En un instante sopesó los riesgos y se dio un impulso hacia la orilla salvadora. Respirió aliviado.

Tuvo que caminar empapado y sucio bajo la misma lluvia impetuosa, que no cesaba. Maldijo a su suerte, porque había perdido su cocina portátil, el cazo, y la posibilidad de tomar algo caliente. Le daba tanta rabia que por momentos no era consciente de haberse salvado por los pelos.

Por fin divisó un poblado, pero su ubicación no coincidía con las indicaciones del mapa, sino que estaba mucho más alejado de la orilla del río. Cuando entró en la primera cantina que encontró se sentía exahusto pero por fin aliviado.

- Hola buenas -saludó al camarero- ¿sabe de algún lugar en que poder dormir esta noche?

Ni el camarero ni los cuantro gatos que jugaban a las cartas en torno a una mesa parecieron asombrarse demasiado por su aspecto ni por su presencia.

- Dos casas más arriba le pueden alquilar una habitación; pregunte por la señora Candy -le recomendó el cantinero- ¿Qué, le sorprendió la riada? No es la primera vez que a alguno se lo lleva el río cuando llueve con fuerza.

A Roque le sorprendieron aún más las palabras del camarero.

- Estoy vivo de puro milagro -respondió Roque- ¿Y dice que no soy el único al que le ha ocurrido algo así?

- ¿Qué va a tomar? - preguntó el camarero-

- Algo caliente, por favor... una sopa, leche, una infusión... lo que sea, pero caliente.

- Le pondré  un tazón de leche caliente

El cantinero entró un instante en la cocina a calentar la leche, y enseguida regresó.

- Pues sí - dijo el camarero-, no es usted el primero ni seguro el último al que las aguas arrastran. Ese río es chiquito, pero como baja empinado, es bien traicionero.

- ¿Y no encuentran ninguna forma de regular su cauce? -cuestionó Roque-

Los cuatro que jugaban en torno a la mesa giraron la cabeza y miraron un instante a Roque.

- ¿Regular? -dijo frunciendo el ceño el cantinero- Mire, en este lugar nos decimos liberales, y pensamos que las aguas deben de seguir su propio cauce. Que crecen: ya bajarán.

- Pero quizá con una pequeña presa -replicó Roque-, qué sé yo, quizá así podrían salvar vidas.

El cantinero puso cara de desencanto y acudió a la cocina. Los cuatro que jugaban a la mesa parecían cada vez más atentos a la conversación ajena entre Roque y el cantinero. Roque se descubrió observado y les saludó con un gesto. El cantinero regresó con la leche caliente.

- Por fin, qué calentita -dijo Roque, poniendo aliviado las manos en el tazón de leche-

-Mire usted -continuó el camarero-, antes de la gran guerra dicen que había una presa. Una bomba la reventó, y el pueblo, que entonces estaba junto al río, quedó sepultado bajo la torrentera de piedras y fango. No se puede contener la fuerza de la naturaleza...

Roque no sentía fuerzas para replicar al cantinero tozudo que sentía la batalla perdida ante los designios de la naturaleza. Se terminó el tazón de leche, pagó, y fue en busca de la señora Candy. Le esperaba una ducha caliente, una habitación limpia, y un sueño reparador en una cama blanda. Antes pudo lavar y poner a secar su ropa junto a una estufa.

La mañana siguiente amaneció con el cielo despejado y un expléndido sol. Roque pagó por la habitación a la señora Candy y continuó su camino.

29 de septiembre de 2011

Tradición

Cuando Roque llegó a lo alto del cerro había más que andado unos cuantos kilómetros de más. Y sin ver a un alma. Por eso sintió una pequeña alegría en el corazón cuando desde lo alto del cerro divisó el poblado de Vilcanota. Atardecía ya. Pensó en un trago y en una cama tibia, y mejor aún si dormía acompañado, aunque no confiaba en esa suerte que nunca le ocurría. Desde lo lejos, se descubría el poblado iluminado y se escuchaba como el rumor de una música de fiesta.

Vadeando un camino de tierra, Roque avanzaba con paso esperanzado hacia el pueblo, cuando un coche le sobrepasó dejando una nube de polvo tras de sí, y tras avanzar unos metros se detuvo esperándole.

- Eh tú -una chica morena le llamó desde dentro del auto- ¿vas al pueblo?

- Sí, ¿qué pueblo es?

- Vilcanota -respondió la mujer-

Roque desplegó el mapa que llevaba en el bolsillo, e hizo el ademán de localizar el pueblo.

- Es inútil -dijo la mujer-, esos mapas no sirven para nada. Después de la guerra, algunas ciudades desaparecieron, y otros pueblos, la mayoría, apenas tienen unos cuantos años de existencia.

Roque cada vez tenía más dudas de que el mapa que le había confiado su padre sirviera para algo. No obstante, lo plegó con cuidado y lo guardó en su bolsillo. Con un poco de suerte, quizá aquella mujer le podría acercar al pueblo.

- ¿Vas para el pueblo? -la mujer dijo que sí con la cabeza- ¿Me puedes llevar?

- Oye, ¿tú no serás uno de esos activistas que intentan acabar con nuestra fiesta mayor?

A Roque le desconcertó la pregunta de aquella chica.

- ¿Qué fiestas? ¿Qué activistas?

- Anda sube, que te acerco.

La chica salió del coche y abrió el maletero para que Roque pudiera dejar su mochila. Ya dentro del auto, le regaló una sonrisa cómplice.

- ¿De dónde vienes, caminando solo a estas horas? -preguntó la mujer-

- Uff... desde muy lejos. Sólo sé que ahora mismo estoy muy cansado...

Roque sentía una tremenda pereza, y no le apetecía contar de nuevo la larga historia de su viaje a ninguna parte.

- No nos hemos presentado; yo soy Lucinda.

- Yo soy Roque. Oye, ¿y no tienes miedo de coger a un desconocido a estas horas en mitad del camino?

- ¿Acaso tú no te asustas de mí? -respodió Lucinda-

Ante la bravuconería de aquella chica que le parecía atractiva, Roque no pudo menos que sonreírse.

- Pues para venir desde tan lejos -continuó Lucinda con su sonrisa pícara- y estar tan cansado, no tienes mal aspecto del todo...

Roque devolvió la sonrisa, animado por la esperanza de que quizá esa noche no dormiría solo. El coche se acercaba al poblado y a Roque le resultaron familiares las notas de aquella música que cada vez se hacía más audible.

- ¿Entonces, me dices que estáis en fiestas?

No habían pasado 20 minutos, cuando Roque estaba en medio de una verbena con una cerveza en la mano. Momentos antes, había dejado la mochila en la habitación de una casa de huéspedes que le había recomendado Lucinda. Le lugar era muy modesto pero aseado. Había tenido que pagar por adelantado, y ahora tenía menos esperanzas de dormir con Lucinda aquella noche, pues no le había invitado a su casa. Pero quién sabía, al menos ahora estaba tomando una cerveza con ella en mitad de la verbena.

- ¿Y qué me decías de unos activistas? -Roque tenía que alzar la voz para hacerse escuchar-

- Sí, los activistas que quieren acabar con nuestra fiesta.

- ¿Acabar con la fiesta? -Roque no escuchaba nada- ¿Por qué quieren acabar con la fiesta? ¿Por el ruido?

- ¿Eh? Sí, la música está muy fuerte -se excusó Lucinda- No, es por lo de la cacería.

- ¿Qué cacería? Te escucho mal.

Roque no escuchaba nada. Tenía la teoría de que la gente organizaba fiestas porque en realidad lo que quería era beber. El hecho de que el ruido de la música aislaba a la gente, que no podía hacerse escuchar, confirmaba su teoría.

- Sí, la caza del reo -contestó imperturbable Lucinda, que tenía el oído más habituado-. Mañana soltamos a un reo, uno al que hayan condenado a muerte, y salimos a cazarlo con lanzas.

Roque casi se atraganta con la cerveza. Porque ahora sí le pareció escuchar claro lo de la caza del reo, aunque esperaba que fuera una mala percepción auditiva.

- ¿A un reo? ¿A una persona? ¿Que cazáis a una persona?

- ¿Es que no lo sabías? -preguntó asombrada Lucinda- Todo el mundo conoce a Vilcanota por nuestra fiesta mayor. Claro, que tú dices que vienes de muy lejos. Soltamos a un preso y después salimos a cazarlo. El que lo mata alcanza el más alto honor del pueblo.

No sabía si es que estaba muy cansado, que oía mal, o que esa cerveza, casi en ayunas, le estaba sentando mal. Las constumbres insólitas de este planeta asombraban a Roque cada día más.

- No sé si te estoy oyendo mal o me estás tomando el pelo -dijo Roque-.

Lucinda embocó su botella de cerveza, mientras señalaba un cartel anunciador de las fiestas. En el cartel, pegado en una pared, se podía leer "La caza del reo de Vilcanota".

- ¿Pero pobre hombre, no? -Roque estaba estupefacto- ¿Sin darle una oportunidad?

- Le dejamos 15 minutos de ventaja, y si alcanza el límite del cerro, allá por donde te encontré, queda libre. ¿Qué más puede pedir un preso condenado a muerte?

- ¿Y alguien ha conseguido escapar alguna vez?

- ¡Nunca! -respondió exhultante Lucinda- ¡Los de Vilcanota somos los mejores cazadores de hombres a lanzazos de este planeta!

Lucinda rompió en una risa histriónica que, a Roque, algo magnánimo, le pareció fruto de los estragos del alcohol.

- ¿Pero cómo podéis matar así, a lanzazos y por diversión, a una persona?

Tras su expresión, Lucinda parecía aburrida de escuchar una y otra vez aquella pregunta. Conocía su respuesta de memoria.

- ¿Acaso no lo van a matar de todas formas? ¿Acaso no matan a otros reos en otros lugares y de distintas formas? Éste al menos tiene una oportunidad de escapar. Y además, es nuestra tradición: siempre se ha hecho así, y así siempre se hará.

Roque tenía serias dudas sobre la pena de muerte, pero las dudas se le disipaban ante esta cacería a lanzazos que le parecía cosa de bárbaros.

- ¿Pero la tradición? -esgrimió Roque-, ¿se podrá cambiar en algún momento, no?

- Hablas como uno de esos activistas que aquí no son bienvenidos -le acusó Lucinda- ¡Cómo se nota que tú no eres de aquí, no lo entiendes! La tradición es lo nuestro: lo que fuimos, somos y seremos. Nadie de fuera nos hará cambiarla.

En ese momento, Roque tuvo la certeza de que esa noche dormiría solo una vez más. Pero esta vez apenas le prestó atención a su recurrente soledad: el tema de la cacería humana le sobrecogía. Se despidió de la risueña Lucinda con la excusa de que estaba muy cansado. Pero en realidad aquella noche no pudo conciliar el sueño. Bien temprano recogió sus cosas, y con el alba abandonó el pueblo y continuó su camino: Vilcanota sería un lugar para olvidar...

31 de agosto de 2011

En un barquito

Cada vez más a menudo me siento como en un barquito en medio de la mar. Navego solo y sin rumbo fijo, y no me identifico con nadie.

El mundo que me rodea es como una mar brava. Los vientos enfurecidos soplan de aquí y allá, pero más que llevarme a ningún lado me alborotan y cansan. Me siento desorientado pero no tengo ganas de llegar a ninguna de las islas que me rodean. Mi barquito zarandeado es mi propia isla.

En estos tiempos de crisis soplan vientos huracanados. Unos vienen a salvarnos con milagros y dioses. Otros vienen en un barco prometedor pero cargados de ira y no paran de gritar "¡a por ellos, subid al barco, no dejemos que nos hundan, vamos a por ellos!". Presiento que su encarnizada lucha nos hundirá más. Y otros, los principales culpables, simplemente nos lastran con sus artimañas hasta el fondo mientras ellos intentan salvarse. No parecen darse cuenta de que irremediablemente se hundirán con nosotros...

De golpe y porrazo, mi barquito se voltea. Boca abajo, bajo el agua, no siento el fuerte viento ni los gritos de nadie. Ya no oigo voces que prometen salvación. El silencio podría ser un anhelado consuelo, pero no puedo respirar. Siento la asfixia y me aferro a la vida con todas las fuerzas que me quedan. Consigo dar la vuelta al barco. Podéis gritar todos a mi alrededor, pero a ninguno os presto atención ya. Ahora mis cinco sentidos están concentrados en achicar agua y en no parar de remar. En estas aguas tan turbulentas, mi breve barquito es el único refugio del que me puedo aún fiar...

31 de julio de 2011

La ilusión nunca se pierde

Hace unos pocos años, apenas 15 ya, cómo pasa el tiempo, jugaba en la calle al fútbol con unos chiquillos. Como siempre, nadie quería ser portero, y esperábamos a que alguien se pusiera de guardameta. Un anciano pasó caminando en ese momento, y se quedó parado en la portería mirándonos sin decir nada. Nos quedamos extrañados, y tiernamente le preguntamos: "¿se pone de portero?". Con un leve gesto de cabeza nos dijo que sí. Era extraño ver a un abuelete jugando entre chiquillos y un par de jóvenes, pero era un alivio que se ocupase de la portería, mejor era un anciano a que no se pusiese nadie.

Continuamos jugando despreocupados, hasta que en un contrataque, uno de los chiquillos del equipo contrario tiró directo a nuestra portería. Nuestro anciano portero, ni corto ni perezoso, se tiró al suelo de tierra y blocó el balón, en una palomita formidable. Ni tan siquiera le preocupó que iba en ropa de calle, quizá porque esa parada era la última, y por eso la más importante de su vida. Todos nos quedamos boquiabiertos ante la espectacular azaña que acabábamos de presenciar, y empezamos a aplaudir como en esas películas cursis de los americanos. El pobre anciano se debió hacer daño, y le ayudamos a ponerse en pie. Se sacudió el polvo de la ropa, agradeció con un gesto dulce nuestros aplausos, y continuó con el camino que llevaba con paso dolorido...

Han pasado los años, y hoy he rescatado aquella hazaña de mi memoria. Imagino que porque ayer vi a otro abuelo pasarle un balón perdido a unos chicos con un ligero toque. Yo seguía con hambre de fútbol esa pelota huérfana, y me dio por pensar que el anciano, igual que yo, debió un día jugar al fútbol.

A las chicas y a los patosos nunca les pasan la pelota. Y con los años te vuelves más patoso aún. Cuando los años pasan, la juventud se va. Se añora la belleza, la piel tersa, los dientes sanos, los amores despreocupados, y la resistencia física. Yo añoro sobre todo dar patadas a un balón de fútbol, y divertirme dando y recibiendo unos pases, aunque siempre haya sido patoso. Ahora comprendo que aquél anciano de la palomita increíble había perdido hacía mucho la juventud, pero seguía con unas ganas locas de jugar. Y por eso nos regaló la parada más memorable que nunca he visto.

Quizá los años le dejan a uno en el banquillo. Pero la ilusión de que el entrenador te saque para poder jugar un ratito... eso no se pierde. No, la ilusión, ¡eso nunca se pierde!

28 de junio de 2011

Revolución interior

Hace ya un mes y medio que surgió el movimiento 15-M, y desde entonces no dejo de darle vueltas al asunto intentando darme una respuesta a mí mismo. Poco a poco he ido forjándome mi propia opinión.

Y mi opinión es que este movimiento surge del desconsuelo de las izquierdas porque no se sienten representadas por ninguna casta política. Muchos decían que había indignados de todos los colores: como anécdota lo admito, pero los votantes de derechas saben muy bien a quién votar, mientras que los de izquierda no.

Pienso que la crisis económica no es más que el fruto del capitalismo voraz y salvaje, y sin medida ni regulación. Pese a ello, no deja de resultarme paradójico que una crisis provocada por un mundo de derechas acabe pasando factura a los gobiernos de izquierda, en los que ya nadie cree. ¿A qué se debe?

Para mí, el ser humano es un depredador nato, un lobo para el hombre, vamos. Si ahora muchos estamos indignados es porque las cosas no nos van demasiado bien. Hace apenas 5 años, los mismos que robaban estaban ahí, pero apenas nadie se manifestaba. Ahora todos tenemos claro quiénes son los culpables del descalabro: políticos y banqueros, y no sé por qué, se escucha poco el nombre de los promotores inmobiliarios. Pero hace 5 años todos nos corríamos la juerga padre, pese a estar hipotecados hasta el cuello. Porque nos gusta bailar mientras suena la música aunque no tengamos zapatillas de baile.

Yo soy de los pocos que piensan que ahora las cosas están mejor repartidas. No hay más que mirar el PIB de China, la India o Brasil. Me temo que la crisis económica de aquí tiene mucho que ver con la prosperidad económica de las potencias de allá. Y creo que en menor medida también tiene que ver con el ansia glotona de políticos, banqueros y empresarios. Y también tiene que ver los excesos e inacción de los ciudadanos de a pie.

El movimiento 15-M habla de más representación popular, y se ejemplifica así mismo con las asambleas ciudadanas. Desde luego que en las asambleas el pueblo puede opinar, pero ya lo hace cada 4 años en las elecciones y siempre terminan reelectos los partidos de siempre, los mismos que te acaban de robar. Para mí lo que falla es el pueblo, no el sistema, porque si algo tengo claro es que la democracia es el menos malo de los sistemas de poder. El pueblo es dúctil, voluble, manipulable. También lo es y creo que más en las asambleas populares. No creo en los sistemas libertarios y anárquicos; creo que devienen en perversas dinámicas de grupo, y unos pocos acaban tiranizando al resto.

Desde luego que me indignan los políticos acomodados, el capitalismo salvaje, la corrupción, las grandes corporaciones que utilizan los mercados a su antojo. No creo que la reforma electoral y las listas abiertas sea la panacea a una mejor democracia, aunque las deseo. Sí creo que cada político debería rendir cuentas al final de cada legislatura conforme a lo que prometió y dice cada día. Y sobre todo, creo que el peor cáncer para la democracia es el que manipula los medios de comunicación, sobre todo la televisión. Por eso, nunca voto a políticos cancerígenos o que veo en los palcos de los campos de fútbol.

Sí, me siento tan indignado y cansado como tantos otros, pero creo que banqueros y poderosos no son los únicos culpables: cada cual, que examine su conciencia. Pienso que en un sistema democrático, el pueblo suele ser también responsable de los males que padece. Aquí no hay un tirano de orden y mando, y cada 4 años podemos enviar al paro al que nos ha estado jodiendo. Creo que está bien gritar y reclamar lo justo, pero las urnas sobre todo también deben hablar. A muchos les indigna que decida el pueblo cuando piensan que el pueblo es estúpido. Sinceramente, yo pienso que el pueblo es medio tonto porque le ciegan sus propios intereses...

Para mí el ser humano es una plaga, y gracias a su inteligencia creadora se aniquila a sí mismo y de alguna forma autorregula su especie. El mundo es un gran nudo en tensión del que tirán un montón de cuerdas en sentidos contrarios. Ahora nosotros estamos en la cuerda floja.

No creo en revoluciones milagrosas ni en sistemas libertarios. Más bien si creo en algo es en la revolución interior hecha en silencio: si esperamos a que algo cambie, debemos cambiar nosotros mismos. Pero como excéptico emperdernido que soy, no espero que esta revolución ocurra alguna vez. Más bien creo que a lo largo de la Historia, han de venir tiempos mejores. Aunque mejores, según para quién...

14 de mayo de 2011

Nadie escarmienta en cabeza ajena

Antes del desastre de la central de Fukushima pensaba que la energía nuclear era inevitable si queríamos seguir con el ritmo de consumo actual. Después del desastre pienso que las centrales nucleares deben cerrarse.

No es que antes de la crisis nuclear fuera un pro nuclear de tomo y lomo. Más bien, era excéptico en cuanto al cambio de hábitos de esta sociedad glotona en general y de energía en particular. Ahora pienso que más vale que termine la glotonería por la cuenta que nos trae.

Chernobyl fue un primer aviso serio, pero en al fin y al cabo todos pensamos que los soviéticos eran unos chapuzas. Pero el término chapuzas no lo asociamos a los japoneses, y ahora los hechos dan la razon a aquellos que presagiaban que la energía nuclear no era tan segura como algunos nos aseguraban (generalmente los que vivían de ella).

En los primeros momentos de la crisis nipona, todo apuntaba a una catástrofe nuclear inevitable. Los políticos que antes defendían la energía nuclear empezaron a modificar sus discursos y a apearse del burro en que antes cabalgaban cual Sanchopanzas del Apocalipsis. Ahora parece que los japoneses empiezan a controlar la situación, y me temo que volveremos a ver cómo algunos cambian de nuevo los discursos en la dirección contraria.

Nadie escarmienta en cabeza ajena. Desde luego, los japoneses, sí parecen haber escarmentando. Parecen dispuestos a asumir las consecuencias de una crisis energética, y poco a poco apagan sus reactores nucleares. Quizá otros ya no tengamos una segunda oportunidad...

29 de abril de 2011

Tema y anécdota

Cuando veo una película siempre me pregunto cuál es el tema de la historia. A menudo este tema principal queda enmascarado por las luces más espectaculares de las tramas secundarias, disimulado por aquello que yo llamo "la anécdota".

A veces no entiendo muy bien el sentido de la película, pero me ha sorprendido más de una vez descubrirla al desmenuzarle la historia a algún amigo. Al tener que narrar, mi mente intenta estructurar el hilo de lo visto y es cuando veo más claro el tema de la película.

No sé por qué me irrito cuando, a mi entender, veo que tema y anécdota se confunden fácilmente. Creo que a menudo no somos capaces de ver la ensencia de las cosas.

Por ejemplo, admiro las enseñanzas de los evangelios. Para mí el tema del Evangelio es el amor. Según este libro sagrado, Cristo llega a este mundo para enseñarnos el amor. "Amaos unos a otros, como si los otros fueran vuestros hermanos". Todas sus enseñanzas van en ese camino, y en el amor a Dios. Como demostración de su amor Cristo se deja crucificar, demostrando que ama hasta la muerte. Se sacrifica por amor. Para mí está claro que el tema es el amor, y el sacrificio y la crucifixión meras anécdotas de la historia evangélica. Sin embargo, parece que las religiones cristianas se empeñan en dar más importancia a la anécdota. Como ejemplo, ahí están las procesiones de Semana Santa, cargadas de dolor y sufrimiento. Hasta la cruz me parece un símbolo equivocado, más cercano a la anécdota que a la ensencia del amor. Señores cristianos, el tema de su libro es el amor, a ver si se enteran de una vez.

Me ocurre de forma similar con el comunismo. La esencia del comunismo es la igualdad: un mundo más justo y repartido para todos. Pero los comunistas enseguida trocan la búsqueda de ese ideal tan noble por la lucha de clases y el combate. Sirva como ejemplo toda la imageniría proletaria, más repleta de armas, puños cerrados y ballonetas caladas que de imágenes que simbolicen la igualdad. El comunismo arranca en un ideal bueno y finaliza en el odio del pelotón de fusilamiento y la purga de disidentes. Confunde el tema de la igualdad, por la anécdota de la lucha de clases, y se queda con la ira que provoca toda lucha armada.

Pienso que el ser humano es un poco ciego o prefiere no ver. Desgraciadamente, parece que el dolor y el odio nos atraen más que la generosidad y el amor...

24 de marzo de 2011

El funcionario

El grito, de Edvard Munch
El grito, de Edvard Munch
Era menudo y minúsculo, como una cagada de mosca. Había tirado los años más preciosos de su vida, casi toda la juventud, preparando una oposición de administrativo en un cuerpo cualquiera del Estado. El titánico esfuerzo le había arrugado el físico por fuera y el alma por dentro, y había quedado como una pasa sin dulce. Pero había logrado su objetivo: una paga de por vida. Lo que no sabía era que el sueldo sería a cambio de una cadena perpetua a un trabajo gris, absurdo y aburrido.

Quizá la dura oposición era en realidad una selección en busca de la raza de seres que pudieran aguantar la mediocridad laboral venidera. Estudiar de memoria artículos de la Constitución, códigos postales y procedimientos administrativos imprime carácter. Y después de tanta criba él fue uno de “los elegidos”.
 
Si los 6 años de dura oposición le exprimieron como a una pasa, los 21 que ya llevaba de oficio aburrido le habían convertido en un amargado. En el trabajo, a lo largo de la mañana no hacía más que mirar el reloj, pues las horas se le hacían eternas entre tanto papel y formulario. Cuando se aproximaba la hora de salir se volvía nervioso, y casi gemía de ansiedad en un comportamiento adquirido, como el de un perro insalivando a la hora en que espera la comida del amo. Cuando llegaba el horario de verano trabajaba una hora menos, y entonces salía disparado por la puerta, compitiendo en una frenética carrera con sus compañeros de infortunio.
 
En el centro de trabajo no tenía amigos: unos eran sus aliados, y otros sus enemigos. Todos se movían por puro interés, siendo el interés de cada cual trabajar lo menos posible, y medrar en una jerarquía que te proporcionaba poco sueldo más pero mucha más capacidad para convertirte en un auténtico parásito.
 
Cuanto menos conseguía trabajar, más tiempo tenía para pensar en lo mierda que era su vida. Eso le producía unos terribles ardores de estómago, y entonces pedía una baja. Conseguía alargarla hasta una semana, y con la vuelta al trabajo el ciclo sin fin comenzaba de nuevo: trabajo, amargura, úlcera, casa, trabajo…
 
El único momento en que le gustaba su trabajo era cuando llegaban los becarios. Deseaba entonces que le adjudicasen al mando de una de esas jóvenes estudiantes de tetas prominentes. Le regocijaba explicarles el funcionamiento del fax mientras casi las rozaba por detrás con su pene mustio, y se ponía tierno cuando les susurraba al oído, con su aliento de halitosis, el número secreto de la fotocopiadora. Se sentía importante cuando le regalaba a las chiquillas bolígrafos y tacos de folios que cogía sin permiso del almacén.
 
Algunos años sentía haber caído en desgracia, pues le asignaban becarios varones. Los primeros días les enseñaba con desgana las tareas, y cuando los muchachos habían ya aprendido el trabajo se perdía sin que nadie supiera a dónde iba. Cuando regresaba lo hacía sin dar explicaciones para jugar con los chavales como un gato con su ratón: les exigía la tarea encomendada y les demostraba lo inútiles que eran. Al día siguiente los muchachos se esforzaban de nuevo, en un inútil intento por agradar que jamás tenía recompensa…
 
El mejor momento de su vida era cuando bajaba a desayunar: siempre pedía café con porras. Le gustaba mojar la porra caliente en el café y morderla con rabia, desahogando su ira, sorbiendo el jugo de la leche, siempre templada. Saltándose todas las normas, se fumaba un cigarrillo a bocanadas grandes, mientras se quejaba amargamente del exceso de trabajo con el compañero de cafetería, su cómplice ocasional.
 
Por eso fue trágica la mañana en que el gerente decidió, sin consultarle y sin motivo aparente, retrasarle una hora el turno de desayuno. Cuando bajó a la cafetería las porras se habían acabado. Debido al shock se tomó 3 días libres de asuntos propios. Pensó que en esas condiciones tan lamentables no podría resistir ni un día más. Y así tuvo que aprender a vivir una mañana tras otra, un desayuno tras otro, siempre sin porras y además sin compañeros que le aguantasen la quejosa conversación. Hasta el día en que por fin le llegó la jubilación a la edad de 65 años…

Cada mañana al empezar el día y al regresar por la noche

A veces era tan cándido que llegaba a pensar que su época era la única en la que los inútiles vivían a costa de los sabios. Le parecía casi un imposible que la sociedad viviera en el alambre, y en realidad las cosas siempre han sucedido de tal manera sin que el mundo se haya detenido por ello.

Cada mañana, al despertarse, alargaba las horas bajo las sábanas por el pavor que sentía a enfrentarse al día. Después de lavarse la cara repasaba mentalmente los quehaceres y propósitos que nunca cumpliría. Y al finalizar la jornada alargaba las horas como fuera, porque sentía que se le escapaban los segundos de una vida desaprovechada.

Desde su cómoda ventana le gustaba observar el mundo, mirar sin ser visto. Reflexionaba sobre los absurdos comportamientos del ser humano y eso le ayudaba a olvidarse de sí mismo. Hacía tiempo que prefería no mirarse en el espejo, y cuando lo hacía sentía como un ahogo dentro.

En el trabajo ya no le molestaba ni el monótono desaliento de la rutina. Más bien le desesperaban las tiranías mezquinas de la raza humana, es decir, de sus jefes y clientes. La tarea en sí misma se le hacía cada vez más indiferente, pero no podía soportar a la gente que le rodeaba.

Un día de hartazgo cogió un tren a ninguna parte y soñó como en el pasado, cuando era joven. Ni siquiera llevó una pequeña maleta, pero supo que nunca regresaría…

28 de febrero de 2011

¿Y ahora qué?

Hace años, quizá en mitad de los 90, vi un documental sobre la revolución sandinista. Comentaba el ex-gerrillero nicaragüense Daniel Ortega que nada más terminar la revolución les surgió una duda que no les había surgido antes: "¿y ahora qué?".

Durante este mes de febrero, todo el norte de África se ha rebelado contra las dictaduras, o las dictaduras disfrazadas de democracia, que han tenido al pueblo con una bota en la cabeza durante las últimas décadas. Me ha resultado increíble como a veces basta una pequeña chispa para que el pueblo, antes aparentemente dormido, se incendie y se decida de una vez a tomar las riendas de su Historia. La gota que colmó el vaso fue la desesperación de un joven que le llevó a quemarse en Túnez porque la policía le había quitado las naranjas que por su supervivencia vendía en la calle. Después de eso la mitad del norte de África y otra parte de Oriente Medio ardió en llamas. Después de Túnez ardieron Egipto, Yemen, Bahrein, Libia...

Una vez más quedé sorprendido por mi candidez. Egipto o Túnez, países que yo pensaba que eran democráticos, de repente se descubrieron ante el mundo como feroces tiranías. Más bien diría que los acontecimientos me ayudaron a confirmar mi sospecha de que los medios occidentales distorsionan la realidad, y nos cuentan a cada rato lo que más les interesa contar. Sólo ahora comprendo por qué Egipto era el único aliado de Israel en la zona: Mubarak era un mantenido del país vecino. Nunca antes oí a ningún medio comentar algo al respecto. Por cierto, el estado de Israel se encuentra ahora a verlas venir, y no me extraña que se encuentren atemorizados.

Otro matiz que los acontencimientos me han regalado es la esperpética y absurda actitud de los tiranos aferrándose al poder. Y digo me han regalado porque me encanta la tragicomedia con tintes de surrealismo. El culmen de lo patético están siendo los discursos de Gaddafi. Su irá me recordó a la de los acorralados Ceauscescu justo antes de su muerte. Algunos ni con la soga al cuello dejan de morder.

Lo que me pregunto ahora es en qué depararán todas estas revoluciones. A río revuelto ganancia de pescadores. Por eso algunos temen que los grupos islamistas, mucho más organizados, aprovechen los acontencimientos para arrebañar gobierno y poder. Los que más gritan siempre son los que más acaban dejándose oír. Sería una pena que estos grupos le dieran la vuelta a la tortilla, porque en el fondo los pueblos musulmanes quieren lo mismo que todos: libertad, trabajo y bienestar.

Si Israel anda preocupado por quién será a partir de ahora sus nuevos vecinos, a occidente le preocupa más el tema energético. Escandaliza ahora ver en imágenes de archivo lo bien que era recibido Gaddafi por los dirigentes europeos. Cuando hay negocios de por medio a nadie importa que el dinero esté manchado de sangre y opresión. Ahora los discursos de la Unión Europea se tornan en contra de los tiranos: más vale posicionarse con las revoluciones que van a gobernar a partir de ahora. Hace tiempo que comprendí que la diplomacia consiste en callar lo que te puede perjudicar hasta que ya no te perjudica.

Como decía Daniel Ortega en aquel documental, "¿y ahora qué?". La gente tiene hambre e ilusión por la democracia, como si la democracia siempre viniera con un pan debajo del brazo. La reflexión positiva es que al menos en Europa podemos cambiar cuando se nos antoje al tirano de turno. Lo que siempre me desanima es que aquí siempre elegimos a uno de los dos tiranos candidatos que ya nos gobernaron. Qué tontos... Para mí lo único bueno de la democracia es que cada 4 años ponemos en la picota al tirano de turno. Lo estúpido del poder del pueblo es que cuando llega ese momento decidimos indultar al que hasta la fecha nos anduvo jodiendo. ¿Para llegar a esto, tanto revolución?

30 de enero de 2011

Ya soy mayor

Por fin ya soy mayor: a mis 40 años por fin me he decidido a volar fuera del nido. Vamos, que me he ido de la casa paterna, y ahora tengo un espacio propio, y más quehaceres y responsabilidades.

Entre otras cosas, paradójicamente, fue la crisis económica una de las causas que me empujó a buscar hogar propio. Dejé de confiar en los bancos, y temiendo perder mis ahorros me decidí a comprarme un trozo de casa. Si pude hacerlo fue también gracias a que con la crisis los precios de las viviendas bajaron. El resto de la casa de momento y por bastantes años será del banco. Por primera vez en mi vida debo dinero, y más que todo el que hasta ahora había logrado ganar.

De momento me apaño bien, y me temo que estoy engordando. Porque ahora como a capricho, ya que no me da demasiada pereza cocinar. Intentando recuperar la juventud que no volverá, y por eso de mantener la forma algún día que otro me he ido a correr al parque. Pero a mitad del trayecto han abierto una churrería que me tienta. Con lo que queriédome cuidar me descuido. Algo aceitosos los churritos, por cierto, pero muy ricos. La nueva churrería nunca llenará el hueco que dejó la de los hermanos Alonso, pero al menos lleno la barriga.

Ayer me quedé sin agua, y ya creía que me iba a estrenar con mi primera avería, qué drama. No hay mal que por bien no venga: fui a preguntar a unos vecinos que si tenían agua, y así tuve la oportunidad de conocerlos. Era avería general, así que me consolé como los tontos. Los técnicos no tardaron en reparar la avería.

He tenido que hacer un pequeño máster para manejar la lavadora, no porque sea yo nuevo en esos menesteres, sino por la complejidad de programas de la máquina. También seca la ropa, aunque de momento más que secar la calienta, por lo que he decidido ahorrar energía no utilizando esa función. Que la electricidad está muy cara. Aunque sí enchufo la tele y ahora puedo ver lo que me gusta, porque por fin tengo yo el mando: documentales, reportajes sobre el mudno, noticias y películas.

Y a propósito de la energía: en mi casa hace algo de frío, pero no tanto como en mi adolescencia, en que hasta la tarde no encendíamos la calefacción de carbón, y sólo en los días más fríos. Si te quedabas en casa a estudiar por la mañana tenías que ir bien abrigado o estar pegado al brasero o a una estufa que daba calor exagerado.

En mi nueva casa tengo radiadores de ladrillos refractarios, que se calientan de día cuando la electricidad me la cobran barata, digo menos cara, y luego expulsan el calor poco a poco. De momento no puedo conectar más que uno a la vez porque saltan los plomos. Debería contratar más potencia pero de momento no me da la gana por el planeta y eso...

"Eso" se refiere a no gastar dinero. Más que nada porque me tengo que comprar muebles y alguna cosa más, y pagar al señor del banco para que no se venga a vivir conmigo, y el agua, y el autobús, y el cole de los niños... Ah no, eso no, no tengo niños. Ni perro, ni gato. Pero ya tengo Internet, y puedo navegar. Y hasta escribir en el blog...

Historias de la edad de oro

Fotograma de la película "Historias de la edad de oro"
Fotograma de Historias de la edad de oro

Ayer fui a ver la película Historias de la edad de oro. Por lo visto, creo que más bien deberían haber traducido el título por Leyendas de la edad de oro, o incluso mejor por Leyendas urbanas de la edad de oro. Era una película compuesta de una mini serie de historias cada una de las cuales narraba una "leyenda urbana" de la última época de la dictadura comunista en Rumanía.

Por lo que he leído, en la última época de la dictadura de Ceaucescu la gente pasó muchas calamidades, y paradójicamente el régimen comunista la denominaba "la edad de oro".

Me encantan las tragicomedias, y a mí el comunismo siempre me ha parecido tragicómico. Por un lado está toda esa parafernalia de himnos, desfiles, y banderas llamando al pueblo a la lucha en defensa de la igualdad. He de confesar que me motivan esos himnos gloriosos y esas coreografías exaltadas. Y por otro lado está el pueblo, que vive una vida gris y calamitosa, mientras los cancerberos amargados del dictador de turno, es decir, la policía secreta, vigila cual inquisición que nadie pervierta los principios de la revolución. En los gobiernos comunistas todo el mundo se siente vigilado. Una película recomendable para los que aún sueñan con la utopía de la dictadura proletaria.

Ya digo que desde fuera todo me parece tragicómico, como en aquellas películas de humor del neorralismo italiano en que te reías con las absurdas estrategias que se montaba la gente para escapar de la miseria.

Y no menos surrealista y tragicómico me resulta el retrato de ese jerarca o burócrata que habla de nobles ideales cuando lo único que le importa es quedar bien y llenarse la barriga en la merienda de turno. También todo muy berlanguiano, y comparable al memorable Plácido.

Pues bien: las leyendas que componen Historias de la edad de oro son tragicomedias que narran el drama de gente sencilla que intenta escapar de una vida gris inventándose estrategias que sólo los desesperados son capaces de descubrir en un vertedero en el que apenas hay nada que rescatar que merezca la pena. La absurda obsesión del opresor y la estrategia del desdedichado y el más que probable descalabro componen la parte cómica. El resto es tragedia.

Algunas de las otras leyendas que componen la cinta son tierno drama y no tienen nada de comedia.

Me gustó mucho la película, es como si la hubieran hecho para mi gusto, para mi forma de ver el mundo. Voy poco al cine, pero cuando me animo y acierto con una película que me gusta me siento muy afortunado...

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