31 de diciembre de 2010

Y que nunca nos falte el trabajo

Otro año que termina, y otro que va a empezar. En mi recuerdo, este será el año de la deuda: me casé con el banco, y ahora tengo que devolver un dinero por el resto de mis días. Por primera vez he saboreado las delicias de lo prestado: las deudas te sirven para cosas tales como tener un techo en que cobijarte, encender la calefacción, o comerte unos huevos fritos en aceite de oliva virgen extra. Eso sí: siempre y cuando uno vaya teniendo algo para ir saldando la deuda, o lo que es lo mismo, con que aminorar la carga. Será fácil recordar el dígito del año: 2010, año en que España ganó el mundial de fútbol.

Hoy pasaban por televisión los éxitos deportivos de año: aparte del mudial mencionado, Nadal, que lo ganó casi todo, Contador en el Tour, y atletas femeninas varias que ganaron variadas carreras. España en el podio del Olimpo, y por otra parte en los infiernos monetarios. Pues el país está tan endeudado como yo. O por supuesto más.

Me pregunté en qué invertirá España su deuda: ¿en llevar al podio de la ciencia a los mejores científicos? ¿Descubriremos una vacuna milagrosa? ¿Curaremos del mal de hambre al mundo? Más bien no. Quizá la deuda nos permita inventar innovadoras sustancias dopantes para que en 2011 nuestros atletas varios vuelvan a casa con el cuello repleto de medallas de todos los calibres y metales. ¿Qué más da cómo se gane, si eso nos permite soñar con que somos los números uno?

Y ya en el terreno de los mortales, en el 2011 y hasta otros 30 años, a pagar cada mes el recibo de nuestra deuda. Y a rezar mucho, y a poner dos velas al santo para que nunca, nunca, nunca nos falte el trabajo...

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