28 de febrero de 2010

Luis Gonzaga Trigueros Ortega

Hace algo más de una semana que murió el Luistri en Bolivia. Hace un par de días que me enteré de la noticia. Después de tantos años sin verle, 18, ahora me sorprende el cariño que le tenía...

Muchos años han pasado ya desde que le conocí. Recuerdo cuando me apuntaron a los boys scouts. Corría el año de 1979, y yo apenas tenía 9 años. Según mis cálculos, Luistri tenía 23 años, 14 más que yo. Tengo el vago recuerdo de su hermana, que apareció en una de nuestras excursiones, y creo recordar que Luistri comentaba el cariño que se tenían, y eso que habían reñido mucho de pequeños. Aquel día Luistri se burlaba de ella por sus reticencias a probar el queso de roquefort, ese que tiene una especie de moho verde.

Nada más entrar en el grupo Luistri fue mi monitor, jefes les decíamos, aunque por poco tiempo. Mis padres pidieron que me pusieran en el grupo de mi hermano, un año menor que yo. Y eso que me perdí de estar al lado de Lustri...

Después de tantos años mis recuerdos son muy confusos, y apenas tengo unas fotos de los últimos años en el grupo, precisamente los más vivos en mi memoria. Creo recordar que volví a disfrutar de Luistri como monitor en alguno de los años, 1981 ó 1982, pero mis recuerdos de entonces se reducen al frío que pasaba en los campamentos, a los momentos divertidos de los juegos, y a la chica que más me gustaba.

Así pasaron unos cuantos años y varios campamentos, 5 años de mi infancia en concreto. Luistri llegó a ser el máximo representante del grupo scout Fátima, el jefe del grupo. No fue hasta septiembre u octubre de 1984, yo tenía 14 años, 28 él, cuando volvió a ser mi monitor. A partir de entonces compartí, codo con codo, otros 2 años de mi vida junto a él. Uno de los periodos más hermosos de mi vida, coincidiendo con los años de mi adolescencia. Ahora tengo claro que algunos rasgos de mi personalidad los forjó él.


Recuerdo nítido el carácter jovial de Luistri. Nunca voy a olvidar su sonrisa; ahora siento esa especie de "saudade" brasileña, a medio camino entre la alegría que siento al recordarle y la tristeza que me embarga, al recordar su barba sonriente. Luistri era el primero en unirse a una guerra de piñas, aunque a mí, tan temoroso, esas batallas me parecían cosa de salvajes. Más de una vez recibió un buen piñazo, esas cosas tiene jugar a la guerra.

Recuerdo otra batalla que empezó con el arroz con leche en la preparación de un campamento de verano. El arroz con leche que alguien preparó estaba tan imposible de comer, que alguien arrojó su ración a uno de los compañeros. Enseguida se entabló una batalla campal en la que todos se vieron envueltos, Luistri el primero. Todos menos yo, que en cuanto olí el fragor de la batalla huí para el monte. Cuando todo se hubo calmado me acerqué con sigilo al campamento. Todos estaban perdidos, manchados, Luistri incluído, menos yo. Me acerqué a él en tono formal, para manifestarle mi malestar por tanta salvajada, cauteloso, porque Luistri llevaba una botella, creo que de vinagre, para guardarla en el almacén. Luistri asintió con la cabeza, dándome la razón. Ya podéis imaginar: en cuanto me tuvo a tiro me roció con la botella de vinagre, y así no quedó ni uno indemne en esa batalla. Ahora me siento un privilegiado por aquella traición...

Luistri era un trabajador incansable, y ejercía su liderazgo siempre desde el ejemplo. Y aunque era hábil para llevar al grupo a su terreno, siempre lo hacía en asamblea, y era tan democrático que no siempre se salía con la suya. Entonces se quedaba un poco contrariado, pero asumía con deportividad su derrota. Nunca he visto ejercer el liderazgo con tanta generosidad.

Desde temprana edad he asumido mal la sumisión y el liderazgo, así que alguna vez llevé la contraria a Luistri, muchas veces llevado sólo por la rebeldía propia de mi adolescencia. Recuerdo que le boicoteé una actividad en la que nos encargó un mural con recortes de revistas. Luistri quería tratar un tema serio, de introspección personal, y yo le salí con mi tangente folclórica. Aún recuerdo su rostro serio y desesperado mientras yo me burlaba diciendo "he hecho el mural, aquí está todo, es que es algo artístico..."

No era malhablado, y apenas más que utilizaba el término "huevón" para manifestarte su desagrado. Soportaba nuestra sorna burlona con una gran estoicidad y una breve sonrisa en la comisura de los labios. En nuestra rebeldía le decíamos "el tito Luis", o vulgarmente "el Luistri", formas de llamarle poco formales si las comparamos a las más solemnes "padre Luistri" o "don Luis Trigueros" con que he comprobado que le trataron en Chile o Bolivia. Pero formas de tratarle ni más ni menos íntimas, porque estoy seguro que Luistri fue igual de cercano a uno y otro lado del Atlántico. Si algo le caracterizaba era su horizontalidad en el trato, y estoy seguro de que ese es otro de mis rasgos personales que él me inculcó...

Por aquellos años 80, y pese a que el Grupo Scout Fátima pertenecía a la congregación de los clérigos de San Viator, en el grupo se respiraba agnosticimo y cierta burla hacia el sentir religioso. Yo me sentía molesto porque por entonces tenía una honda creencia religiosa. En ese ambiente contrario, Luistri siempre nos dio testimonio de su amor a Dios, y respetó el sentir de los demás más de lo que le respetaban a él. Y nunca le importó la condición o el credo o no credo de los demás, imagino que más allá de la tristeza que le produciría que los demás no sintieran lo que para él debía ser lo más importante, Dios. Como le recordó en estas fechas fatales mi amigo David Morales, "además era un gran humanista". Recuerdo con viveza cuando me despertó temprano para ir a orar a la iglesia del Monasterio de Guadalupe, en Cáceres. Allá donde estuviera, él siempre era coherente con sus creencias de cristiano.

En 1987 fue el último año que estuvo en España, y yo no pude disfrutar de su presencia porque estuve fuera de Madrid, en el seminario que los clérigos de San Viator tenían en Valladolid. Allí recibí una carta suya en la que pude descubrir al Luistri más religioso. Recientemente he descubierto en Internet algún escrito suyo en el que se respira el mismo hondo sentimiento...

Luistri supo transmitirme su pasión por las largas caminatas en el monte. Me enseñó a imprimir camisetas, a hacer nudos, a cortar con el hacha, con la sierra, a picar haciendo agujeros, a manejar la pala, y a trabajar duro bajo el sol, el frío, la lluvia o el viento. Él siempre planificaba con detalle cualquier empresa que comenzaba, y puede que eso también lo aprendiera de él, porque ahora, en mi trabajo como diseñador gráfico o docente, soy muy metódico y ordenado. Y siempre, siempre daba ejemplo, y siempre, siempre era cercano. Era alto y espigado, y tenía barba de misionero; en sus últimas fotos me recuerda con su barba cana a don Quijote, como esta que adjunto y que acabo de encontrar en Internet. Siempre llevaba su impecable sombrero de 4 bollos; en los últimos tiempos parece que lo cambió por una gorra. Cuando íbamos de marcha, su mochila era la más grande y pesada, tan alta como él, porque también llevaba por ejemplo el botiquín, siempre prevenido y servicial para todos. Nos estimuló a que fuéramos autónomos, insistía en que cada cual se haciera su propia mochila, y delegaba confiado parte del trabajo en los demás.

Ilusionó a hijos y padres, y juntos mejoramos las equipaciones de los campamentos, sobre todo las del comedor. Recuerdo esa especie de invento suyo que fue lo que terminamos por llamar "el engendro": dos dobles techos de tienda de campaña cosidos por el medio con la ayuda de alguna madre. "El engendro" era fácilmente transportable en las largas caminatas, y podíamos dormir juntos hasta 12 personas. No pasé yo frío bajo ese invento, y recuerdo con una sonrisa aquella vestisca de Almería, en el sureste de España, que nos lo levantó a medianoche. Junto a Luistri aquella desventura la viví como una diversión más. La foto que adjunto es en la estación de tren de Atocha, en Madrid, a la vuelta de aquel viaje maravilloso por el sur en la Semana Santa de 1985.

Luistri nos proporcionó un espacio en el que estar recogidos en aquellos trágicos años 80 españoles en los que tanto estrago hizo la heroína por las calles del barrio. Todos los viernes nos abría confiado el local, y allí estábamos solos, a nuestro aire, entretenidos charlando o jugando. Recuerdo una de las pocas batallas campales en que me vi involucrado, en la que pusimos el local patas arribas, arrojándonos todo lo que encontramos a nuestra mano. Me lo pasé fenomenal, hasta que Luistri hizo su entrada en la estancia y contempló el caos: debió sentirse desolado, sobre todo porque habíamos traicionado su confianza. Simplemente nos habló serio al día siguiente invitándonos a la reflexión, y en adelante el trato siguió igual que siempre. Era firme pero generoso.

Me acuerdo que gracias a su hospitalidad me movía por el colegio como si fuera mi casa. Cuando algo necesitábamos de él llamábamos al timbre de la comunidad de los clérigos, preguntábamos por él, y presto acudía a ver qué queríamos. Aún me acuerdo de su recogimiento para estudiar sus exámenes de teología, y cada dos por tres lo interrumpíamos con algún asunto. Nos contemplaba resignado desde su alta estatura, pero siempre nos atendía...

En octubre de 1987 partió rumbo a Chile. Le organizamos una cálida y festiva despedida. No supe darle la importancia al hecho trágico de que en ese momento en realidad lo estaba perdiendo para siempre. La vida de Luistri debió ser siempre así: unos le perdían para que otros le ganaran. Primero le perdieron sus padres y hermanos, luego le perdimos los scouts en Madrid, luego los de las distintas comunidades por las que creo que pasó en Chile, y ahora, con su trágica muerte, los de su misión boliviana. Eso es lo más triste, que nadie le va a poder reemplazar ahora en Popoy, donde seguro que tanta falta hacía. Con su muerte, en definitiva, lo acabamos de perder para siempre todos aquellos que tuvimos la fortuna de compartir tiempo y espacio junto a él. No obstante, me repito, afortunados por haber coincidido con él.

Apenas le volví a ver más que una vez, creo 5 años más tarde, en 1992, con motivo de su ordenación sacerdotal. Yo tenía 22 años, él 36. Nos reunimos con él unos cuantos compañeros de grupo, y personalmente, sentí como que algo le hubiera cambiado, aunque creo que simplemente fue que le noté extraño por su acento chileno, y me pareció que transmitía un mayor sentir religioso, justo al contrario que yo mismo. Quizá era yo el que era del todo distinto. En los años de los scouts alguna vez le preguntamos que por qué él no era cura, y nos decía que porque no era lo que él quería. Sin embargo, en su regreso pasajero de Chile, nos regaló una de sus primeras misas. También nos trajo a cada uno de nosotros un pequeño obsequio, un llaverito con una piedra típica de Chile.

Desde que él se fue a Sudamérica unas cuantas cosas han cambiado en el barrio. Sobre todo el envejecimiento de la población autóctona, y el gran aumento de población inmigrante: chinos y sobre todo sudamericanos. En estos tiempos de crisis económica, no deja de resultarme tristemente paradójico que mientras que los españoles culpan del paro, más fruto de nuestros propios excesos económicos, a la población inmigrante, Luistri haya perdido la vida ayudando a esos inmigrantes en su misma tierra de procedencia. Luistri, además de puro y bueno, ha sido un hombre sabio.

Desde el 1987 hasta el 2010, 23 años que estuvo en sudamérica, apenas me preocupé por su devenir cotidiano. Alguna que otra vez intentaba seguir su rastro en Google, pero con escaso éxito. Seguro que Luistri fue un hombre más preocupado del mundo a pie de calle que de la realidad virtual de Internet. Mi hermano de vez en cuando me daba alguna noticia que le había llegado. Cuando me encontraba con algún viejo compañero de los scouts siempre preguntaba por los otros, pero nunca se me ocurría preguntar por Luistri. Daba por hecho que él estaba en su misión y que nada podía hacer por estar en contacto con él. Me comentaron que cada 2 años solía venir a España y al barrio en breve visita; yo nunca me enteré. Tampoco sentí la necesidad de enterarme...

Ahora que se ha ido, sólo me queda hacerle este homenaje escrito, intentando en vano redimirme por el error de no haber seguido su pista cuando aún estuvo vivo. Hasta con su muerte, vino a enseñarme una de las cosas más importantes de esta vida: uno nunca debe perder el contacto con una de las personas más imortantes de su vida. Tarde para aprender, pero aun así, gracias, Luistri. Siempre te recordaré, y los días que me restan por vivir siempre quedará algo de vivo de ti en mí. Un abrazo, gracias, y hasta siempre: tu amigo miguel.

22 de febrero de 2010

Globalidad

Estaba observando en una fotografía el abrazo tierno de John Berger a su gran admiradora Isabel Coixet. Mi mente divagó por los caminos de por qué dos almas de sitios tan distintos se acaban encontrando, Isabel catalana, Berger inglés afincado creo que en Francia o Bélgica. Seguí discurriendo por los caminos de la globalidad: esta semana en los foros de Internet observé cómo un belga contestaba a un inglés, y vi a soldados holandeses quieriéndose ir de Afganistán. Ayer sábado me estremecí con la terrible tragedia de los homosexuales iraníes abocados a la transexualidad...

El sábado unos latinos compartían borrachera y el baile loco y aflamencado de una española en Lavapiés. Y en mi barrio grupos de adolescentes entremezclaban sus razas en la pandilla habitual de un viernes por la tarde.

Para mi regocijo, la globalidad brota plena de color en un mundo en el que la patria, la bandera y la nación empiezan a oler a rancio y caduco. Todos los hombres y mujeres sentimos la misma hambre y alegría...

15 de febrero de 2010

Deconstruir y construir

Cuando veo la cantidad de dinero que se gastan los países libres en liberar países cautivos no dejo de preguntarme que por qué todo el gasto se suma a la partida de "armas, bombardeos y torpas de asalto". Porque bueno, discutible o no será echar a los malos, si es que son los malos, a granada limpia. Pero, si se esa es la elección, hay que saber que tras la liberación los pueblos quieren pan y chocolate, o lo que es lo mismo, escuelas, hospitales, un poco de trabajo y otro poco más de dignidad...

Vamos, que el asunto de liberar pueblos se asemeja bastante a la cocina innovadora: deconstruir para luego construir.

Ayer las tropas de la OTAN echaban a los talibanes de otro de sus feudos. La batalla fue fácil, pero ahora parecen empezar a preocuparse por ganarse la amistad de la población. Ya era hora: las liberaciones no deben consistir en sólo deconstruir. Ahora es el turno de la leche en polvo, y el pan y chocolate para todos...

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