28 de noviembre de 2008

Otoño en bicicleta

Quizá el entumecedor aliento de un invierno más que frío ya sople amenazante. Pero entre hileras de plátanos de paseo, a ritmo tranquilo sobre mi bicicleta, pude deslizarme sobre un manto de hojas semiverdes, semisecas. Acariciaron mi rostro unos rayos tibios de sol que parecían venir de todas partes, que componían un juego de luces y sombras hermoso gracias a la complicidad del tronco y ramas de los árboles y al propio discurrir de la bicicleta. El aire fresco acariciando mi rostro, el sol cálido... Respiré hondo para inundarme el pecho de dicha, y volver a sentir el regalo de la vida...

17 de noviembre de 2008

Desierto

Ante mí, el desierto. En la calmada noche, sólo se divisan las estrellas, y el ligero contorno del horizonte por algún lado. Me encuentro perdido y paralizado por el miedo. Apenas veo. Quizá mañana muera de sed. Debo coger algún camino para ponerme a salvo, pero tengo la sensación de que todo esfuerzo será en vano, que da igual el rumbo que coja, porque no llegaré a ninguna parte. Pienso... La soledad y el leve viento de la noche me sobrecogen. Prefiero quedarme sentado, encorvado, acurrucado conmigo mismo, y disfrutar de la noche estrellada. El espectáculo celeste me embriaga y me envuelve en una dulce somnolencia, que probablemente me conduzca hasta la muerte. Reflexiono... No sé si es mejor luchar mientras me queden fuerzas. Vuelvo a lo mismo, a que para qué luchar si la derrota es segura. Decido seguir extasiándome con el espectáculo de las estrellas hasta que el sueño me venza. Quizá la llegada del alba alumbre un nuevo día de esperanza, en el que volveré a caminar con rumbo nuevo aunque sea hacia un repetido espejismo. O tal vez tras quedarme dormido sólo me espere la definitiva noche eterna... Tal vez, tal vez...

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