6 de julio de 2008

Cada vez más pequeños

Prácticamente anochece en esta noche del caluroso julio. Solo en casa, me aburro. Decido ir a dar una vuelta por el barrio, simplemente a pasear. Usera, mi barrio, es multicolor, mutiétnico, y me entretiene algo tan simple como ver a la gente caminando por el barrio.

Un niño chino, pequeño, va junto con la que debe ser su hermana. Llama al portón de un taller en que los chinos deben trabajar sin pausa, y travieso, se escapa corriendo. La hermana ni se inmuta, ni le regaña, mientra el niño, ya a lo lejos, se asoma pícaro él por ver si sale alguien a abrir.

Continúo paseando. Me atrapan las caderas jugosas de las latinas, sus faldas cortas, sus piernas largas, sus muslos prietos. Un niño chiquito de aquí camina tambaleándose junto a sus padres, rapadito y tan cabezón, que parece un extraterrestre. Sentado en un banco, un yonqui pensionista resuelve en voz alta un crucigrama sobre un papel de periódico arrugado.

Me cruzo con otro enganchado a las drogas y reconozco en su rostro a Javi, Dios mío, parece tan demacrado, y con su bolsa de deporte a cuestas, tan sólo y vagabundo como siempre. Un sudamericano ebrio gime en voz alta ante nadie. A un chico de color negro casi le atropella una moto, qué susto...

Giro 180 grados por donde he venido, en esta vuelta corta pero tranquila. Aun con paso lento, soy capaz de adelantar a las familias que despaciosamente pasean. Más chinos grandes, chiquitos, y chinitas de piernas flacas y una mirada que siempre le ignora a uno. El Mac Donalds está abarrotado de inmigrantes de todos los colores; en el asador de pollos de los chinos no hay nadie. En "el patatas", uno de los lugares más socorridos para tomar algo, tampoco parece haber casi nadie.

El paseo me parece del todo agradable, hasta que me topo con un coche patrulla que pide papeles a los inmigrantes, soliviantando la quietud de esta hermosa noche. No me resigno a que estas cosas ocurran...

Delante de mí, un compatriota camina tan a mi paso que parece que le persigo. Se detiene a mirar algo en un escaparate y le adelanto. Adelanto también a una joven pareja de sudamericanos. Me enternece verlos tan jóvenes y ya con su niño, disfrutando con un secillo paseo de su día libre.

Se me ocurre comerme un helado, pero no encuentro ningún lugar donde comprarlo. Me cruzo con unos sordos que callada y animosamente hablan entre ellos. Me fijo con disimulo en el rostro bello de una joven árabe, no vaya a darse cuenta su marido, que por cierto, parece mayor que ella. Su precioso vestido es de un verde vivo, pero tan cerrado, que no sé cómo puede ir agusto con este calor.

En la pequeña plaza con fuentes todo el mundo parece buscar un poco de fresco: gitanos, payos, negros, chinos, mulatos, sudamericanos... Sigo avanzando, pensando aún en el helado, y me cruzo con mi amigo Miguel, que va con su pareja. Me entretengo apenas un minuto en una conversación breve, qué tal tu trabajo, bien, qué tal el tuyo, también bien...

Me despido de Miguel, y continúo paseando. Al cabo, otro coche patrulla de cacería. Los agentes han dado el alto a la joven pareja de sudamericanos que iban con su niño. En la calurosa noche, el corazón de los agentes parece de hielo, y ni la ternura de una madre con su niño pequeño les ha enternecido lo suficiente como para sustraerse, ni siquiera por un momento, de su obligación. "¿Dónde viven ustedes?", les preguntan los angentes. "En san Fermín", acierto a escuchar como respuesta. A mí, como soy blanco blanquísimo, nunca me piden los papeles...

Me entristezco. Paso por la tienda de los chinos, aún abierta, y veo un cartel que anuncia helados. Pido un polo de leche. Sólo vale 50 céntimos, pero cada vez los hacen más pequeños...

Saboreo el dulce frío de leche, y en mi cabeza escucho el eco de mi propio pensamiento, "cada vez más pequeños, cada vez más pequeños". Exactamente igual que este país, igual que toda la opulenta Europa, de la misma forma que el que todo lo tiene y prefiere bailar a reflexionar: cada vez somos más pequeños en derechos...

Desengañado de todo llego a casa. Cada vez me siento más a favor del caos y de la entropía natural de las cosas: para que pierdan unos pocos, mejor que ocurra la posibilidad de que pierdan todos...

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