24 de abril de 2008

Blanco por simple reducción a lo absurdo

Ni roja ni azul es mi bandera: blanca. O mejor, ¿por qué suscribirse a una bandera?

El siglo XX pasó por la Historia con sus nobles ideales y sus terribles vanidades. Esos hombres que se creyeron tan poderosos y seguros de sí mismos al final resultaron ser nadie. Nacieron pletóricos con fuertes convicciones y murieron con disimulada y callada vergüenza. Y eso para los que se enteraron de algo, porque para otros los vaivenes de la Historia pasaron sin aprovecharles ni las raspas. El hombre del siglo XX mató por sus ideas. Y los acontecimientos vinieron a decirle que las ideas son tan mutables y débiles que se convierten en relativas. La única idea que siempre perduró fue la del yo por encima de todos y de todas las ideas. ¿Para eso luchamos? ¿Quién manejó nuestros hilos? ¿Quién resucitará tanto hombre y mujer muertos?...

Parece mentira que lo venga a decir yo: sí, mi color es el blanco. Yo, tan irascible, tan mediterráneo, tan visceral... Sí, tan visceral, pero si he de elegir, frío y cabal, elijo el blanco. Si blanco ni azul me valen, me quedo con el blanco. Es una simple tarea de reducción a lo absurdo...

El blanco simboliza la paz. El blanco es relativivamente un color. El blanco es el color de nadie, y el color de cada cual.

Por colores, por banderas, por ideas, los hombres nos hicimos y haremos trizas. Ninguna nación actual pervivirá más allá de otros 1000 años. Pasó el imperio romano, pasaron los cartagineses, pasaron los tartessos. Pasaron tantos otros que cualquier pueblo también pasará a la Historia sin dejar el más mínimo rastro. Y algunos malgastando su corta vida en el empeño de alzar la bandera de una patria que perecerá...

Leí hace poco un libro de Clara Campoamor, "La revolución española vista por una republicana". Una republicana que sufrió la persecución de las dos españas: la de la roja, la del puño cerrado implacable envuelta y disfraza en sus nobles ideales; la de la azul, la que se hacía ciega ante la desgracia ajena y que con altanero paternalismo se nombraba así misma guardían de todas las nobles ideas y hasta de nuestras almas... Cuánto me identifiqué con doña Clara, tan clarividente en aquellos tiempos oscuros en los que se empezaba a gestar la estafa a tantos ensoñados europeos... Y a estas alturas, y con lo que ha llovido, ¿aún se creen que me pueden engañar?

Si algo aprendí de Gandhi es que la violencia engendra violencia. Me sorprendió descubrir cómo este axioma coincide con el de las tesis terroristas de engendra violencia y terror, y la represión del poder gobernante hará que el pueblo se ponga a tu favor. La venganza puede que a uno le desquite, le desfogue momentáneamente de su ira, pero si el ser humano fuese capaz de pensar en frío se daría cuenta de que la mejor estrategia es siempre la paz. Volvemos a la misma reducción a lo absurdo. Y si Gandhi me dio esta soberbia lección de que pensar con la ira no conduce a nada provechoso, el mismísimo Cantinflas, en el papel de Sanchopanza, me enseñó que la pena de muerte no merece la pena... ¡Ay de los pueblos que suplantan la razón con el sentimiento venenoso de la venganza!

Puede que quizá, tal vez, alguna vez este hombre de tendencia a lo irascible se decante por alguno de los colores impuros. Puede que este hombre que ahora escribe cambie su pluma, porque esté resentido, por un fusil. Pero estonces este hombre será un hombre pobre que sólo es capaz de actuar con dolor y cólera. Porque el hombre cabal que quiero ser, ese que actúa sólo desde su reflexión, ese siempre elegirá el color blanco: el color de la paz. Aunque sólo sea por simple reducción a lo absurdo...

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