4 de julio de 2007

La pajarita

Hace apenas unas semanas, quizá un mes, mi hermana se encontró un pajarito en la calle. Era un canario. Algo desvalido, el animalillo andaba como fuera de lugar. Lo atrapó echándole un trapo encima, tal y como mi padre le enseñó. Los pobres canarios no sobreviven en libertad por estas latitudes, así que acabamos adoptándolo en nuestra casa.
La primera noche la pasó el canario en una jaulita minúscula que nos prestó un vecino. Apenas si podía darse la vuelta de lo pequeña que era la jaula. Al día siguiente mi padre le compró una jaula más grande y bonita en la tienda de los chinos.
Nunca entendí la razón de ser de los canarios cautivos: nacidos para vivir en una jaula. El hombre, amo y señor de la naturaleza, se apropia, sólo por el gusto de poseer, de todas las criaturas que le rodean. El ser humano es un poco como Frankenstein, ese mostruo que quedó cautivo por una niña a la que acabó matando. Cuántas veces he deseado o soñado con poder volar, qué sensación de libertad tiene que dar. Y cuando veo a un pájaro cautivo me estristezco, porque para mí es una burla cruda a la libertad. "Si las alas te hicieron libre, yo te meteré en una jaula", parece pensar el hombre hostil...
El pájaro era blanco y medio chiquito. No cantaba, sólo piaba. Por eso mi padre, antiguo criador de canarios, concluyó que éste no debía ser pájaro, sino pájara. Desde entonces pasó a ser la pajarita. Probablemente la desecharon por su género. Hasta las aves se discriminan por su sexo...
El tener un pájaro esclavo también le hace a uno esclavo. Esclavo a verle todos los días encerrado, esclavo a echarle de comer, esclavo a silvarle, esclavo a sacarle a la terraza con el buen tiempo y meterlo dentro de casa cuando hace frío. Esclavo sobre todo a limpiar su jaula...
Me asomé una mañana para ver si la pajarita tenía agua. Con la calor que está haciendo, el bebedero se vacía rápidamente. Le silvé y no me respondió. Estaba muerta. No la quise apena mirar, pero percibí que su cabeza estaba un poco picoteada, y toda la terraza estaba llena de plumas. Parecía como si algún deprededar la hubiera atacado. No sé qué bicho debió ser, imagino que algún que otro pájaro. No quise tampoco imaginar la muerte tan cruel que debió poner fin a su vida...
La vida es un sinsentido a veces. Algunos congéneres parecen pensar sólo en sustraerle toda la belleza a la vida. Quizá la muerte nos quite ya todo el sentido, o quién sabe: quizá con ella todo cobre más sentido en una nueva existencia...
Tras su muerte, gusto de imaginar a la pajarita por fin libre, surcando un fino y delicado aire transparente. En mi espacio imaginario el cielo es azul, o quizá blanco, no sé. Huele a hierba y flores. Y se oye el rumor de un arroyo claro y el trino adormecedor de los pájaros libres...

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