23 de diciembre de 2007

Aki Kaurismäki y otro año que se acaba

La vida de bohemia, de Aki Kaurismäki
Fotograma de La vida de bohemia,
de Aki Kaurismäki

Hace un mes, más o menos, un compañero de clase me mencionaba al director finés Aki Kaurismäki. Hasta entonces no había oído hablar de él. A día de hoy, ya he visto 4 de sus películas.

Me gusta ese tempo lento, monótono, de planos fijos, su atmósfera triste y gris. Sus personajes tristes y perdedores me dejan pensativo; parece que la vida se les escapa. No sé por qué, así me siento a veces, gris, desbordado por lo que viene, sensible en la belleza de lo pequeño. Y me quedo quieto y perezoso viendo la vida pasar, monótona, como fumando un cigarro a caladas profundas y lentas, con la mirada perdida y concentrado en mis pensamientos...

Y mientras tanto, en este discurrir de los días, otro año que se nos va. Reflexionando, observé de nuevo el tono de lamentación que reina en este mi blog. Quería evitarlo en esta entrada, pero veo que no puedo. Me conformo con evitar la ira que me envuelve siempre: el enojo por lo que pasa en el mundo. Por esta vez me recreo simplemente en un lamento por el paso de la vida: será por lo de que este año ya pronto termina...

Allá por el mes de abril me despedía de mi empresa. Me iba por la sombra, vamos, rumbo al paro y a intentar retomar las riendas de mi vida. O por lo menos otros rumbos...

Tras un curso inacabado sobre programación web, el paro me costeó otro par de cursos sobre metodología didáctica, de los que quedé bastante satisfecho y agradecido a los profesores. Me gustaría dedicarme a la dodencia en diseño gráfico, multimedia, infografía... Cualquiera de estas materias me gusta. Me matriculé en la universidad de Alcalá de Henares, y ahí ando aún comprando otro curso más sobre formación de formadores.

A varias entrevistas acudí con la ilusión de dar clases, pero mi inexperiencia me hizo caer en la cuenta que de nuevo estoy al principio de un camino. Y por fin en este mes encontré la oportunidad docente que tanto había perseguido, en un curso un tanto peculiar y lleno de fatigas, tanto que ha absorbido todo mi tiempo por completo. Pero cuando hay hambre uno se adapta a todo. Y hasta disfruta: puede que yo sea irascible, triste o melancólico, pero sentido del humor no me falta. Disfruto con la ironía de esta vida...

Los personajes de Aki Karusmäki podrán ser unos perdedores. Tendrán caras tristes, ojerosas, pelos grasientos, gabardinas pasadas de moda llenas de lamparones y autos mediocres de otra época. Quizá nunca lograrán alcanzar sus sueños, pero son luchadores natos y, aunque inexpertos, siempre intentan escapar a su destino gris. Y nunca dejan de estar ahí, en el camino, es decir, de respirar, de vivir...

12 de noviembre de 2007

El niño bueno

El tren me trasladaba a Alcalá del Henares rumbo a la universidad. A las 5 empezaban mis clases del CAP, ese curso de formación que pretende habilitar a licenciados e ingenieros para impartir clases en educación secundaria. Según mi parecer, un curso que no pasa de ser un mero trámite formal como tanto otros, aunque aquí se pone en juego la formación de nuestros chavales. Y en juego se queda...

Entre el sopor de la siesta y el monótono traqueteo el tren me adormecía. A mi lado un par de asientos vacíos, que fueron ocupados por una madre y su hijo. En el sillón del niño habían abandonado un periódico gratuito de esos que nos ayudan a pasar el rato cuando vamos rumbo al trabajo. El niño, de unos 10 años y carita de bueno, avisó a su madre de la existencia del periódico. La madre se lo confiscó con presteza y comenzó a leerlo.

El viaje transcurría sin más. El niño bueno descrubrió para sí, para su madre y para mí mismo un cartelito en la pared que advertía que no se dejaran periódicos abandonados en los asientos del tren. Más que advertir estos carteles nos ruegan, nos invitan a, pues la gente, altanera y regia como ellos mismos, se rige por su propia conveniencia y voluntad.

Tras la información, la señora asintió al niño con gesto magnánimo y continuó leyendo el periódico. Por mi parte, yo leía, una vez más, otro de los libros de García Márquez, mi escritor favorito. El niño a su vez, vocalizando silenciosamente las palabras, se entrenía leyendo en la portada el título de mi libro, "Noticia de un secuestro". El tren, acogedor y tranquilo, quedaba convertido en improvisada biblioteca.

Por fin llegamos a Alcalá y todos nos dispusimos a abandonar el tren. La madre, con gesto habitual, dejó en el asiento el periódico prestado, pero enseguida el niño bueno le hizo recordar el cartelito de la pared. "¿Qué?", dijo displicente la madre. El niño volvió a señalar el cartel. "Haz lo que quieras", respondió la mujer con gesto de resignación.

La madre, el hijo y yo nos apeamos del tren. El niño bueno llevaba el periódico en las manos. Yo me quedé con cierto sabor agridulce por el gesto poco ejemplarizante de la madre pero reconfortado por la rectitud del chaval. Y con la misma determinación interior del niño, fui camino de ese curso que me parece comparable a la actitud de la madre. ¿Acaso hay algún método de enseñanza mejor que el de educar con el ejemplo?

22 de octubre de 2007

Cañada Real

La semana pasada por fin me animé a abandonar mi casa. Monté las pertenencias más necesarias en una furgoneta que me prestó un amigo. El ordenador lo dejé en casa de mi padre, pues no estaba seguro de que fuese a tener electricidad allí donde iba.

Llegué temprano a la Cañada Real. Casi me equivoqué y por poco me meto en el sector de los traficantes de drogas. Ahí no pocas familias gitanas trapichean y exprimen a los toxicómanos que prácticamente viven como esclavos para ellos. Por un momento temí por mis trastos y por la furgoneta, que para colmo no es mía. Pero al final estuve espabilado y logré dar con el camino correcto.

Cuando entré en el sector de los musulmanes algunos niños salían camino del colegio. No dejan de llamarme la atención esos pañuelos que las mujeres musulmanas llevan escondiendo su pelo, y más cuando apenas entreveo su carita de niñas. Llegué a la casa que me habían dicho, y pregunté por Rachid. "Entra, por favor", me dijo una mujer. Aunque era una chabola en toda regla, la casa de Rachid no estaba mal. Tenía hasta una tele de esas de plasma de muchas pulgadas que para mí quisiera yo. "¿Eres Rachid?", pregunté al señor de no más de 40 años que acudió a recibirme.

"¿Has traído el dinero?", me dijo Rachid. Yo estaba un poco tenso, aun sabiendo que el tipo era de fiar, pues un buen amigo me había dado buenas referencias de él. "Primero quiero ver la casa", le dije.

Salimos de su casa y nos montamos en su coche. "¡Vaya coche que tienes!", le comenté sorprendido por el pedazo de coche que tenía. "¿Te gusta, amigo?", me preguntó con cara de satisfacción. "No me gustan demasiado los coches. Parece que los negocios te van bien", le sonreí.

Aquel sector y la gente que lo habita parecía más bien humilde, aunque de vez en cuando, salpicando de explendor la pobreza, se veía aparcado algún que otro coche de gran cilindrada. Por fin llegamos a la que sería mi nueva casa.

"Aquí es", me dijo Rachid abriendo la puerta de la casa. No era gran cosa aquella chabola, pero bueno... no iba a encontrar nada mejor ni más barato en todo Madrid. "Y esto... ¿no habrá problema de que me la tiren abajo?". "Seguro que no -me afirmó Rachid-, no van a tirar las casas de todas esas familias con todos esos niños que viven aquí. Además, al otro lado están los que venden droga; antes empezarían a tirar esas casas de allí, y los gitanos no se van a dejar". Me pareció bastante razonable su respuesta. "Pues nada... trato hecho". Le di el dinero convenido, y así fue cómo Rachid me cedió la chabola.

Me pasé parte de la mañana sacando mis trastos de la furgoneta. El resto del día lo pasé acondicionando un poco el maltrecho espacio interior. Todo estaba bastante sucio y dejado de la mano de Dios. Me acosté bien tarde y muy cansado.

Al día siguiente me desperté sobresaltado al escuchar gritos de mujeres y sirenas de policía. Era el día en que pensaba invitar a mis amigos para estrenar mi casa con una fiesta. Pero no me imaginaba para nada la fiesta que me esperaba. Alguien llamó a mi puerta con estruendo. Abrí aún medio dormido y con los ojos llenos de legañas: "Tiene que desalojar esta casa en 30 minutos; aquí está su orden de derribo", me espetó a la cara un señor escoltado por dos policías municipales.

No me lo podía creer. Todo el poblado estaba en la calle, y el clima se hacía cada vez más tenso. Mientras los antidisturbios iban tomando posiciones, un bulldozer amenazante se acercó a mi casa. "¡Esperen... ahí dentro están mis cosas!", no terminé de decir esto cuando un policía cargo contra mí y el bulldozer derribó una de las paredes de mi casa. En seguida me vi en medio de una batalla campal, en un fuego cruzado entre piedras y pelotas de goma.

Acudí dolorido y humillado a la casa en que había habitado tan solo dos días antes. "¿Ya estás aquí? -me recibió poco sorprendido mi padre- Ya te lo dije yo, que eso no te saldría bien".

Ahora otra vez vuelvo a estar encerrado en mi habitación, quizá para siempre. Menos mal que no me llevé el ordenador en el que puedo ver la tele:

"Disturbios en la Cañada Real: esta mañana se formó una aunténtica batalla campal entre las fuerzas de seguridad y vecinos de este poblado. En este supermercado de la droga, el mayor poblado chabolista de Europa, esta mañana se desalojaron y derribaron numerosas viviendas ilegales habitadas por familias de origen magrebí".

"Según el último informe económico, el precio de la vivienda continúa estancado. Parece que la burbuja inmobiliaria está a punto de estallar, y aquellos que invirtieron en ladrillo lo tendrán cada vez más difícil para recuperar sus beneficios".

"El euribor vuelve a subir este mes por octavo mes consecutivo, con lo que cada vez hay más familias que les cuesta trabajo llegar a fin de mes".

30 de septiembre de 2007

La Nueva Era

Cuando hicieron el pozo, el viejo chamán se quedó sin empleo. De todos era conocido por Milo, y hasta entonces la comunidad acudía a él sobre todo para que invocase a los dioses en los grandes periodos de sequía. Cuando no llovía se secaban las cosechas, el ganado moría, y la gente pasaba hambre. Los primeros en pasarlo mal siempre eran los niños y los ancianos. Milo decía a la gente que los dioses sólo se contentaban con grandes sacrificios y ofrendas.

Antes de que construyeran el pozo, el viejo chamán vivía muy bien. En periodos de sequía, mientras todos pasaban calamidades, Milo nadaba en la abundancia. Para él la sequía era una buena temporada, pues se alimentaba de las grandes ofrendas que la comunidad hacía a los dioses. Y cuando por fin volvían las lluvias, la gente acudía de nuevo con montones de ofrendas de agradecimiento para los dioses y para el propio Milo. Podía decirse que el viejo chamán era uno de los hombres más ricos, influyentes y poderosos de la aldea.

Pero cuando aquellos predicadores ingleses acudieron con sus pláticas e instalaron aquel pozo de agua, la suerte de Milo cambió. Previno a sus vecinos de que esos predicadores sólo traerían muerte y miseria a la comunidad. En el momento en que empezó a brotar el agua por la cañería que construyeron, nadie en la aldea quiso creer ya en los malos augurios de Milo. Y es entonces cuando la suerte de Milo cambió.

Los ingleses desaparecieron, pero el pozo quedó. A partir de entonces los periodos de sequía no fueron un inconveniente, pues el pozo proveía de agua a los cultivos. El ganado engordaba sin problemas, y todo el mundo nadaba en la abundancia. Todos menos Milo, claro, pues ya nadie veía necesarios los sacrificios ni las ofrendas. Se olvidaron de los dioses, y casi nadie acudió al viejo chamán en busca de soluciones.

Sin embargo, a pesar de que todos eran ricos, sintieron un gran vacío interior. Antes se vivía modestamente y con espíritu de sacrificio, pero ahora nadie quería sacrificarse ni trabajar. Sólo querían disfrutar de las bondades de la tierra y el agua: comer fruta y la carne del ganado, beber vino, y gozar en el lecho en el mucho tiempo libre del que disponían. Veían a los dioses antiguos como unos seres molestos y antojadizos que sólo pedían sacrificios. Y fue al apartarse de los dioses cuando se sintieron vacíos por dentro, pues nada alimentaba su sed espiritual.

Pero el ingenio del viejo chamán se agudizó, quizá acuciado por la extrema necesidad. Y fue entonces cuando se inventó la nueva religión. Si los dioses antiguos pedían sacrificios, los nuevos se encargarían de proporcionar la felicidad y el bienestar. Habló a su comunidad del dios Bio, encargado del bienestar y la renovación interior del cuerpo. La diosa Piedra mantendría lejos los influjos y energías negativas; sería la encargada de proteger de las envidias y el mal de ojo. El dios Guay, siempre tan divertido y bromista, haría todo lo posible para que fuésemos queridos y admirados por los demás. Y la diosa Argentium mantendría nuestro dinero a salvo de la codicia ajena, y multiplicaría con creces cada ofrenda que le hiciésemos.

De nuevo el viejo chamán nadó en un mar de prosperidad. Ahora su abundancia no dependía de las épocas de sequía. Los nuevos dioses parecían más generosos que los antiguos. Milo recordó con una sonrisa taimada la llegada de los predicadores ingleses. Aquel viejo chamán era consciente de que con el pozo se había inaugurado la Nueva Era...

28 de septiembre de 2007

Disfraz de feria

La promoción de un festival de cine europeo que se precie consiste en algo así como disfrazarse de feria. Parece claro que a las moscas les atrae más la mierda que otra cosa. Aunque imagino que para las moscas la mierda debe ser algo delicioso. Cuando se trata de atraer la atención de las moscas, los festivales de cine de por aquí utilizan a los famosos actores del cine norteamericano. Es su disfraz de feria. Fuera de concurso, se programan unas cuantas películas recientes de estos actores , y así acuden a promocionarla. Montones de periodistas, fotógrafos, fans, revolotean en torno a estas super estrellas. Gracias a ellos se consigue que se hable del festival en los medios. "¡Por fin; ya existimos!", deben respirar aliviados los directores de los festivales...

Sin embargo, llega el día de la entrega de premios y vemos que ha ganado una peli iraní, china, o finlandesa... O incluso alguna que otra norteamericana, pero eso sí, dirigida por un director apenas conocido, y protagonizada por algún que otro actor del que apenas nos suena su cara. Eso es lo que tienen en común los ganadores del certamen: apenas nadie había oído hablar antes de ellos. Y sin embargo, cuando les entregan su premio, las moscas están ahí con sus flashecitos, sus micrófonos, y sus libretas tomando notas. Los telediarios dicen algo así como que "el festival de cine de San Sebastián entregó el premio a la directora iraní Hana Makhmalbaf por su cinta Buda explotó por vergüenza".

No deja de resultar paradójico que, para poder promocionar al Cine con mayúsculas, haya que servirse del hedor atrayente del cine de folletín. Este mundo es un contrasentido. Una vez más habrá que ver las cintas premiadas por estos festivales. Siempre podremos encontrar entre ellas alguna joya que nos deje un grato recuerdo imborrable en nuestra memoria. Ese regalo no tiene valor. Es toda una suerte poder ver el mundo desde la mirada sensible de cientos de artistas de todas partes. Y qué pena da quedarse ciego. Deben de ser los flashes de las luces de feria...

22 de agosto de 2007

Decrépito fin de agosto

Leía hace ya tiempo un artículo de Isabel Coixet en el que reflexionaba sobre la decrepitud de los domingos por la tarde: son tan tristes... La alegría del fin de semana termina y uno sabe lo que le espera con la venida de otro lunes más y sus obligaciones. Es terrible...

Algo similar, o aún peor, porque dura más días, ocurre con los últimos días de agosto. Por estos lares, hasta el tiempo se torna frío y húmedo para recordarnos que el verano termina y que septiembre nos espera con su cruda realidad. Ya cuando era estudiante, no muy bueno por cierto, me esperaban a la vuelta del verano los exámenes de septiembre. No era fácil estudiar con esa pesada sensación de fin de agosto sobre mi cabeza. Si los exámenes eran a mediados de septiembre igual tenía alguna posibilidad de aprobarlos, pero si eran a primeros era imposible superarlos. Mi estado de ánimo nunca lograba vencer la melancolía que me provocaba el decrépito del fin de agosto...

Las fiestas del pueblo de mi madre siempre eran a fines de agosto. Empezaban con sol, y terminaban con un cielo ennubarrado y con la rebeca puesta. Apenas el chocolate con churros conseguía consolarle a uno. De vuelta, camino de regreso, la autopista atestada de coches llegando a nuestra ciudad nos volvía a recordar el lado más triste de nuestra existencia.

Con agosto finaliza un ciclo y comienza otro. Los ciclos no empiezan con el Año Nuevo, sino en este punto. Llegar a fin de agosto es como llegar a un cruce: a partir de ahí tendremos que coger uno u otro camino. Y del camino que elijamos dependerá en gran parte nuestra felicidad futura. En ese cruce realmente nos la jugamos. Probablemente llegamos al cruce con el camino elegido. Pero es a partir de entonces cuando empezamos a caminar con rumbo nuevo...

A partir de ese cruce empezarás unos nuevos estudios, la profesión de la que vivirás el resto de tu vida. Los departamentos de personal de las empresas bullen en plena actividad, y de ahí surgirá tu nuevo trabajo. Si conociste un nuevo amor en el verano puede que empieces a caminar con él o ella a partir de entonces. Puede que muchos aspectos de tu vida cambien entonces. Y si nada cambia serás consciente de que has pasado por el cruce sin abandonar el camino que traías. Quizá por eso el fin de agosto se nos antoja tan terrible...

Qué absoluto desconsuelo el fin de agosto, que hasta los pies descalzos se te vuelven a quedar fríos. Creo que la única estrategia para vencer la sensación de desamparo es no dejar a la mente tiempo para pensar. Vivir esos últimos días de agosto como lo que son, días aún de fiesta y libertad. Si se te ocurre estar ya de regreso en tu ciudad puede ser terrible, porque entonces tendrás demasiado tiempo para pensar. Este verano no he salido de Madrid más que los fines de semana. Pero tengo claro que este fin de agosto aquí no me quedo. No; este año no me quedaré aquí la última semana de agosto. Me iré de viaje, no sé a dónde, quizá hacia el norte. No sé por qué, este año me apetece el norte, aunque esté gris, nublado y ventoso como el fin de agosto. Quizá yo sea algo masoca, no sé, pero peor es quedarse aquí. Caminaré por las ciudades del norte sin rumbo fijo, curioseando tras mi cámara de fotos paisajes urbanos y observando a ciudadanos cabizbajos que seguramente piensen ya en su vuelta al trabajo. Viajando nunca pierdo la esperanza de toparme con unos cuantos cruces de camino; quizá mi último tren está por pasar en estos días. No... este año no me quedaré aquí; no me voy a dar tiempo para pensar en la decrepitud de los últimos días de agosto...

4 de julio de 2007

La pajarita

Hace apenas unas semanas, quizá un mes, mi hermana se encontró un pajarito en la calle. Era un canario. Algo desvalido, el animalillo andaba como fuera de lugar. Lo atrapó echándole un trapo encima, tal y como mi padre le enseñó. Los pobres canarios no sobreviven en libertad por estas latitudes, así que acabamos adoptándolo en nuestra casa.
La primera noche la pasó el canario en una jaulita minúscula que nos prestó un vecino. Apenas si podía darse la vuelta de lo pequeña que era la jaula. Al día siguiente mi padre le compró una jaula más grande y bonita en la tienda de los chinos.
Nunca entendí la razón de ser de los canarios cautivos: nacidos para vivir en una jaula. El hombre, amo y señor de la naturaleza, se apropia, sólo por el gusto de poseer, de todas las criaturas que le rodean. El ser humano es un poco como Frankenstein, ese mostruo que quedó cautivo por una niña a la que acabó matando. Cuántas veces he deseado o soñado con poder volar, qué sensación de libertad tiene que dar. Y cuando veo a un pájaro cautivo me estristezco, porque para mí es una burla cruda a la libertad. "Si las alas te hicieron libre, yo te meteré en una jaula", parece pensar el hombre hostil...
El pájaro era blanco y medio chiquito. No cantaba, sólo piaba. Por eso mi padre, antiguo criador de canarios, concluyó que éste no debía ser pájaro, sino pájara. Desde entonces pasó a ser la pajarita. Probablemente la desecharon por su género. Hasta las aves se discriminan por su sexo...
El tener un pájaro esclavo también le hace a uno esclavo. Esclavo a verle todos los días encerrado, esclavo a echarle de comer, esclavo a silvarle, esclavo a sacarle a la terraza con el buen tiempo y meterlo dentro de casa cuando hace frío. Esclavo sobre todo a limpiar su jaula...
Me asomé una mañana para ver si la pajarita tenía agua. Con la calor que está haciendo, el bebedero se vacía rápidamente. Le silvé y no me respondió. Estaba muerta. No la quise apena mirar, pero percibí que su cabeza estaba un poco picoteada, y toda la terraza estaba llena de plumas. Parecía como si algún deprededar la hubiera atacado. No sé qué bicho debió ser, imagino que algún que otro pájaro. No quise tampoco imaginar la muerte tan cruel que debió poner fin a su vida...
La vida es un sinsentido a veces. Algunos congéneres parecen pensar sólo en sustraerle toda la belleza a la vida. Quizá la muerte nos quite ya todo el sentido, o quién sabe: quizá con ella todo cobre más sentido en una nueva existencia...
Tras su muerte, gusto de imaginar a la pajarita por fin libre, surcando un fino y delicado aire transparente. En mi espacio imaginario el cielo es azul, o quizá blanco, no sé. Huele a hierba y flores. Y se oye el rumor de un arroyo claro y el trino adormecedor de los pájaros libres...

14 de junio de 2007

Recuerdos...

Por fin he empezado a digitalizar unas viejas cintas familiares de vhs, tarea que tenía pendiente desde hace años. De momento no llevo ni tan siquiera una cinta capturada, y son 6. Imagino que sería más sencillo desligarse sin más de los recuerdos, borrar las cintas, quemar las fotos... Contemplando en los vídeos lo que fuimos y viendo lo que somos, los que estaban y ya no están, me entra cierta melancolía que me invita a pensar en el paso del tiempo, tema que siempre me dejó reflexivo. Cuando eres consciente de lo breve que es esta vida y lo rápido que pasa, creo que los recuerdos dejan de tener sentido. Un día nos moriremos y nuestros recuerdos irán a parar a un contenedor de escombros. ¿Nunca visteis fotos viejas de personas ajenas, tiradas en algún contenedor situado frente a una casa en aparente renovación? Algunos vagabundos y pordioseros, rebuscando entre los despojos, rescatarán nuestra memoria por un momento, y con un poco de suerte, quizá nuestro recuerdos los vendan en el Rastro o en un algún puesto cutre y deprimente improvisado en cualquier acera. Para eso quizá, mejor que se pierda nuestra memoria...

11 de junio de 2007

Redistribución salvaje de la renta

Hace dos viernes, me disponía a sacar algo de dinero del cajero, cuando dos niñas gitanas, aparentemente del este de Europa, me abordaron con la excusa de solicitar mi firma para una causa perdida. Consiguieron así distraer mi atención, para pulsar el botón del cajero con la cifra "500". Enfadado les grité "¡fuera, fuera!", pero en una segunda acometida me robaron los 500 euros. Y yo, sin apenas ver la trampa, intuí que me estaban robando...

Mi perseverancia me ayudó a recuperar el dinero, después de perseguir durante unos 20 minutos a la niña que yo pensaba que llevaba el dinero. La policía la detuvo, me acompañó a un cajero, y allí pude comprobar que efectivamente me habían robado. Afortunadamente, para mí, la niña llevaba encima el dinero, y tras poner la pertinente denuncia pude recuperarlo.

No sé qué moraleja quiero sacar en esta historia que me aconteció. Creo que no tengo moraleja alguna: sólo un poso de tristeza me queda sobre la condición humana. La actitud de la niña no fue correcta, pero no dejo de pensar en su realidad, imagino que bien distinta a la mía. Es más que probable que su familia la empuje hacia ese modo de vivir. Casi seguro es que sus padres la utilizan para delinquir, ya que es menor de edad. ¿Cómo juzgarla a ella con dureza? Dijo que se llamaba Séfora, y después de tanto seguirla, a la par que desesperación también sentí por ella admiración y ternura.

Hace años, un tipo al que conocí en una reunión definió "atraco" como "redistribución salvaje de la renta". Creo que esta vez me tocó a mí la redistribución, y como a cualquiera que estuviese en mi lugar, no me simpatizó demasiado la operación dineraria. Creo que no sirve de nada preguntarse qué hubiera hecho la familia de Séfora con el dinero, pero adivino en su modo de vida cierta carencia que yo al menos nunca tuve. Y es eso sobre todo lo que me deja siempre pensativo: la triste condición y realidad de los seres humanos... ¿Y cómo romper esa eterna cadena que se hereda de padres a hijos?
Pienso también en todos los que se quedaron con lo que yo consideraba mi dinero y a los que no pude poner una denuncia: un mal amigo, un jefe, la compañía telefónica, un bar con una cuenta excesiva, un banco... Casi ninguno me infundió la ternura de Séfora.

Como antes decía, no encuentro moraleja en esta historia. Un día mi vida se cruzó con la de Séfora, ella utilizó su talento para quedarse con algo de mi dinero, y yo empleé toda la perseverancia de que soy capaz para recuperarlo. Y al final, nuestras vidas continuaron por su camino, ambos, con una experiencia más que contar...

15 de mayo de 2007

El trauma de las colas

No sé qué me pasa últimamente (me refiero a los últimos 15 años), que cada vez que alguien se me cuela en una fila pierdo un poco los papeles. Bueno... también depende del día. Hace bien poco, en la cola de un banco, esperaba junto a unas amigas monjitas para pagar un documento. En un santiamén (nada más propio), una chica entró y se puso justo detrás de la señora que iba delante de nosotros. Todo apuntaba a que se estaba colando, pero bueno... No pocas veces me ha pasado lo mismo, y cuando llegaba mi turno me preguntaban "¿ibas tú delante, no?", así que, aunque ya iba cargándose de pólvora mi escopeta, esperé a que llegase mi turno.

Avanzaba la cola. Le pregunto a una de las hermanas si íbamos nosotros detrás... me asiente con la cabeza. Creo que la que se quería colar debió entonces ver que yo tenía bien clarito detrás de quién iba. Comenzó entonces a hacer un poco de teatro para marcar su territorio, y expresar que era ella la que iba detrás de la señora. Con aspavientos empezó a criticar desesperadamente la lentitud de la cola, y a quejarse de que había poco personal atendiendo. El colmo y culmen de su interpretación fue cuando le comenta a la señora que iba delante de nosotros: "perdone, señora, voy detrás de usted, salgo un momento a la calle y ahora vuelvo".

La pobre señora se vio involucrada en problema ajeno. Yo ya no tenía dudas: la chica se nos había colado. Ya a la hermana le había dicho que se retirase, que hacía yo el pago. Sabía que habría guerra. Cuando llegó nuestro turno, le aclaro a la chica que el turno era nuestro. En fin... cómo se puso, y cómo me puse. Bonito espectáculo el que dimos, pero al menos amenizamos el tiempo de los que esperaban detrás de nosotros. La otra que si yo debía espabilar en la vida, yo que si ella sí que era espabilada, ella que yo debía demostrar lo que decía, yo que si se veían las cámaras del banco quedaría demostrado... Al final la muchacha cedió, pagué el recibo, y me despedí con un por mi parte cruel, "tú, en un campo de concentración o en una guerra, sobrevivías fijo"...

Siempre me he preguntado cuán dura tiene que ser la convivencia en una guerra o en un campo de concentración. Si hasta por una simple cola o por coger un asiento en el metro sacamos todo nuestro instinto animal, qué no haremos en unas circunstancias extremas de supervivencia. Sobrevivir a la escasez de una guerra tiene que ser algo terrible. Nuestra animalidad en estado puro...

La verdad es que todo el mundo me dice que qué más da, que por un puesto no merece la pena quebrarse la cabeza. El otro día, en la panadería, me fueron a atender antes de mi turno. Le indiqué al panadero que era el turno de un chico que iba delante de mí. El colmo fue cuando llegó una señora y se me coló. Protesté, pero el panadero, impasible, siguió atendiendo a la señora. Me fui indignado...
No sé... creo que no merece la pena que le dé tanta importancia al asunto. Pero es que no puedo soportar la falta de respeto. Si no protesto me siento mal, pero si reclamo mis derechos, me enojo tanto, que casi me siento peor. Debería tomármelo todo con más filosofía...

Cuando era bien pequeño, mi madre me enviaba a la lechería. Yo lo odiaba. Allí estaba yo, detrás de un montón de señoras, sin que mi tímida y pequeña voz se atreviese a decir "quién da la vez". Así que cada señora que iba entrando en la lechería se me colaba, y yo esperaba a que llegase mi turno cuando casi no había otro a quien atender. Estoy seguro de que ése es el origen de mi trauma, y de que pierda tan fácilmente los papeles cuando alguien se me cuela. ¡Dichosos traumas infantiles...!

9 de abril de 2007

Nuestras ciudades repobladas con chabolas

Cuando a finales de los 50, nuestros abuelos llegaron a Madrid, Bilbao o Barcelona, se construyeron una chabola. Huían de la miseria y hambre del campo. Al poco nuestros padres se enamoraron y se quisieron casar, y no tuvieron otro remedio que construirse también su propia chabola. Todo el vecindario colaboró en el empeño de ayudarles. El problema de escasez de viviendas era parecido al de hoy, pero la paupérrima economía no dejaba otra alternativa que construirse uno mismo su propio techo con cuatro tablas. Quedaba dibujado así en nuestras ciudades un paisaje de infrapueblo hecho con tablas, plásticos y Uralita. Y de polvo o barro, según la estación del año.

Luego fue llegando el desarrollo económico, las viviendas sociales, los partidos políticos, las luchas vecinales... Los inquilinos de aquellas infraviviendas fueron realojados en bloques más o menos agraciados. Eran los mismos barrios de siempre, pero con más hormigón y más espacios habitables.
Unos cuantos años más, y apenas algunas familias gitanas y otros desheredados se aventuran a concretar en cuatro tablas sus sueños de vivienda. Es entonces cuando los payos critican a los ayuntamientos porque "a los gitanos les dan casa", sin darse cuenta de que las casas son para todo el que quiera arriesgarse a que una gotera le moje durante una noche de lluvia. Y a sentir ruidos nocturnos de animales indeterminados de cierto pelo. Ni más ni menos, como los sintieron nuestros abuelos o padres.

La especulación inmobiliaria nos proporciona odio y envidia, y bajo esta coartada de ruido interior se apoderan de nuestras vidas: todos tenemos derecho a una vivienda; basta tan sólo con que estés dispuesto a vender tu alma al diablo, dispuesto a hipotecar toda tu vida. "Trabajaréis para nosotros: el trabajo os hará libres", anuncian las hipotecas más ventajosas de los bancos.

La bonanza económica nos crió entre algodones, ¿cómo atrevernos ahora con la tabla y el polvo, el barreño para lavarnos o el no bañarnos, la electricidad robada a un poste de la luz? ¿Podré tener conexión a Internet? ¡Qué lástima no haber crecido entre chatarra, y haber tenido gordas ratas como compañeras de juegos varios!

Okupación, vivienda protegida, cooperativas de diverso riesgo, manifestación, ayudas a los jóvenes, no ayudas a los no tan jóvenes, mujer maltratada con hijos dependientes, puntos, no puntos, hipotecas ceros, sorteo de viviendas, entrega de llave, agradecimientos al alcalde, foto... Colas, listas, padrón, alcalde, promesa, promesas, gitanos, payos, moros, españoles, para todos, para nadie, sorteo, promoción, alcalde, banco, promotor, alcalde, pelotazo, sinvergüenza, alcalde, alcalde, alcalde...

¡Oh villas miserias de la Argentina, oh fabelas del Brasil, oh asentamientos humanos del Perú!: decidme, hermanos latinoamericanos, ¿qué fue de nuestros poblados de chabolas?

Me levanté y tuve un gran sueño. Soñé ser el ideólogo del movimiento pro-chabolas. Soñé con nuestras ciudades repobladas de nuevo con chabolas. Densas ciudades hechas de cartón, plástico, Uralita... polvo o barro.

30 de marzo de 2007

Tantas improbabilidades de éxito

Si tuviera dos pisos en propiedad, creo que podría colapsar el sistema injusto de propiedad que impone hoy la especulación inmobiliaria. Los alquilaría, y metería el máximo de gente en ellos, con el fin de ganar el máximo de dinero. Para así, comprarme cuanto antes más pisos, y así meter en ellos más y más gente... Hasta conseguir que el máximo número de viviendas en alquiler fueran mías, en un orden creciente exponencial, cada vez más y más. Habría montones de personas viviendo en condiciones infrahumanas, fruto del sistema de caos impuesto: máximo de gente compartiendo habitaciones, durmiendo en literas, rotando en camas calientes... La gente estaría asfixiada, y se rebelaría contra el sistema. Claro; eso significaría la libertad del pueblo, el derecho a una vivienda digna, pero a mí me pondrían en la picota. O bien, una vez tuviera el máximo de pisos en mi poder, tendría el suficiente control del mercado de la vivienda, como para decidir una bajada de los precios. De nuevo el caos podría conducir a la justicia. Igual volverían a ponerme en la picota, esta vez, los especuladores inmobiliarios. No sé... Igual me acusan de fraude fiscal, o un gobierno temeroso o corrupto me expropia los inmuebles. Uff... demasiadas probabilidades de acabar mal, para un sistema de caos con tantas improbabilidades de éxito. En fin: creo que es mejor que me quede sentado y no haga nada con mis dos pisos. Pero ¿qué dos pisos?...

27 de febrero de 2007

Música francesa

Aquí estoy, a estas alturas de mes, intentando buscar un tema para el blog, mientras escucho a Carla Bruni. Como hombre limitado que no puede pensar en tres cosas a la vez (siempre pienso en lo mismo, lo cual ya es una cosa), no puedo escribir y escuchar música al mismo tiempo. Vamos; que no tengo capacidad. Pero milagros de la existencia, ahora más o menos voy avanzando unas líneas, y como digo, a la vez escucho esa música francesa que tanto me gusta. Y por qué me gusta la música francesa... me pregunto...

Cuando digo música francesa me refiero a Yann Tiersen, a Carla Bruni, y a algún tema por ahí perdido que como perla de vez en cuando encuentro y me hace descubrir a su autor o intérprete: Enzo enzo, Pink Martini, Amelie les crayons... Y algún temita aún más rancio y nostálgico. Tampoco son ni tantos los temas ni los autores, pero me pregunto, ¿por qué esa querencia? Pues no sé... Amelie Poulain me robó el corazón, quizá tenga ella que ver algo en todo este asunto. O quizá sea ese tono tan chic, de todo aquello que me recuerda a un París apenas visitado y sólo vivido e imaginado en alguna que otra película, de ese París a medio camino entre el tiovivo y la nostalgia. Pero desde luego, que bien poco chic soy yo... no están los tiempos en el barrio para esas sutilezas, aunque en mi yo interior, bueno... Quizá sea ese acento susurrante,silvante, que en morritos de mujer parece decirle a uno "je t'aime", o como quiera que se escriba. Conclusión: que este tema apenas me da para esta entrada en el blog, y no termino de explicarme por qué me atrapan esos tonos románticos y esa música tan a la francesa... Un misterio... c'est la vie...

28 de enero de 2007

Perros de presa (o el fascismo que viene)

En la noche fría de invierno dos perros de presa se enzarzan a grandes bocados. Los dos se orinaron por cada esquina del parque, marcando su territorio. Lo que no saben es que nada les pertenece, que nada tienen. Todo es del amo que desde hacía tiempo esperaba con gusto, paciente, la batalla fraticida. El amo se sienta a la mesa, presto a devorar los frutos de la batalla, y se ata una servilleta al cuello para no manchar su excelente traje de hilo. Apenas con la primera dentellada Jhonan vence a su oponente. El cuerpo de Juan permanece inerte junto a un charco de sangre tibia que se enfría con la noche...

Los abuelos de Juan vinieron a la capital hace ya muchos años. Trabajaron duro para salir de la chabola. El amo iba engordando mientras tanto. Consiguieron una casa fría, que al menos era de ellos. Ahora los padres de Juan viven en las afueras, en una ciudad dormitorio, en una casa que creen suya, pero que no les pertenece. Vuelve a ser propiedad del banco, de los promotores inmobilarios, propiedad del amo. El padre de Juan trabaja de sol a sol; su madre también. La mayor parte del tiempo la casa hipotecada está vacía, qué absurdo. Y Juan en el parque, educándose a sí mismo a sus 16 añitos. Mejor se está en el parque que en el instituto: partidos de fútbol interminables, unas litronas, pibitas wapas, wapas... y unos petas. Su vieja fregando escaleras, y cada día se la folla el amo. Mientras tanto Juan, que es el mejor, se bebe el mundo...

Los padres de Jhonan llegaron al suburbio hace apenas unos años. Dejaron a su Jhonan allende los mares, con la esperanza de traerlo más adelante. Con una mano delante y otra detrás, vinieron para comerse el mundo. Ahora sirven a trabajos forzados en el andamio o paran limpiandole el culo a los viejitos locales. Comparten un piso, también propiedad del amo, con unos compatriotas alcohilizados que se hacen insufribles. Consiguieron juntar un poco de plata y traer a su Jhonan. Jhonan se aburre en el instituto, no entiende nada... Prefiere mejor el parque, los partidos de básket, unos litros, y sus amigos latinos. Su madre limpiando culos, pero él se siente un príncipe con sus zapatillas de marca compradas al amo, y ese celular que robó a un pringao que se atrevió a mirarle.

Como todas las tardes, Juan queda con los colegas en el parque, para jugar un partidito de fútbol. Cuando llegan, Jhonan y los suyos juegan al básket en la misma cancha. Los dos príncipes de la mierda se miran desafiantes. Ninguno cede; este es su territorio, y alguien sobra. Los dos perros de presa se tiran las dentelladas. El amo se frota la manos: empieza la fiesta.

Arde Manchester, arde París. Ahora es el turno de Alcorcón. Y lo que venga... El amo tiene la mesa y el mantel preparados: los desheredados, una vez más le servirán la comida en bandeja; qué ignorantes. Cuando venga la crisis y el paro, nadie hablará de hipotecas, de niños llave, de recortes sociales, de justicia social, de repartición de la renta, de trabajo digno... Sólo hablarán de inmigrantes, de negros, de latinos, de latin king, ñetas, mafias, delincuencia, de que España es para los españoles. Qué estúpidos borregos, tan ignorantes como siempre, serviles perros de presa... Volverán a arder los suburbios de París. Y para el puto amo, será el tiempo de la cosecha. Es el fascismo que viene...

16 de enero de 2007

Tu padre tiene el mando, y ellos los saben...

Televisor antiguo
Foto por tomislav medak

Ya sé que... bueno... 36 años son suficientes como para que uno ya esté fuera del nido paterno. Pero claro, como cada cual, yo también tengo mis excusas: bajos sueldos, altos alquileres, alto precio de la vivienda, poca oferta, mucha demanda, especulación inmobiliaria... Vamos, el problema que está afectando a casi toda mi generación. No hay opción: casarse con el banco, mantener a un rentista, o convivir con un cualquiera o con un familiar.

Vamos a ver, dónde sitúo a mi generación... Años 60-70, desarrollismo, baby boom... ahí nací yo. Y unos cuantos más como yo...

Recuerdo que en el colegio, en mi clase, éramos más de 40 alumnos. Como nacimos tantos... Luego vino la universidad, no sé por qué, porque yo debería haber sido un buen fontanero ganando una buena pasta, o algo así. Pero estudié. En la universidad, éramos tantos que bueno... acabé haciendo agrícolas, que en otra parte no me pude colar. ¿Y qué hace un recién graduado perito agrícola, hijo del baby boom, en este Madrid sin campos de lechugas? Pues trabajar de peón jardinero, claro...

El caso es que ni mi mente ni mis manos de señorito se adaptaron demasiado bien a esto de abrir zanjas con la azada. Cursos y más cursos del paro, los fondos comunitarios invitan, hasta convertirme en todo un diseñador multimedia, un infógrafo, o algo así, sin ninguna experiencia. 30 años. Jooooooder. ¿Ven cómo yo nunca tuve prisa?

El año pasando, leyendo un artículo, me enteré que lo peor está por llegar: me jubilaré de viejito con una mísera pensión, porque papá Estado nunca podrá pagar una pensión digna a tantos hijos de baby boom. Abuelitos boom, seremos entonces...

Pero volviendo a donde empezamos. Aquí sigo, en casa de mi padre. Ahora tengo una habitación para mí solo, dinero para viajar, una cama, un ordenador... Vamos, que soy rico. Todo mi patrimonio cabe en una habitación, pero yo sé que soy rico, porque si uno se detiene a observar cómo está el mundo, yo soy rico. No mucho, no muy rico, pero rico al fin y al cabo.

En este reino propio que es mi habitación, bueno, la que me presta mi padre, todo está controlao. Controlao por mí, vamos.

¿Pero qué pasa en los territorios comunes de la casa? Pues qué va a pasar: que ahí manda mi padre. Y es aquí donde quería llegar. En el comedor, el mando de la tele lo tiene mi padre. Mi padre y los padres de todos los hijos de la generación del baby boom. ¿Y por qué en la tele sólo ponen esa basura de programas que sólo gustan a nuestros viejos? Pues porque los de la tele saben quién tiene el mando, joder. Los amos de la televisión saben que el mando a distancia lo tienen nuestros padres.

Así que no hay esperanza alguna. No esperéis nada de cultura en la televisión: el pograma de Ana Rosa, Mira quién baila, El gran hermano, Operación triunfos... Esas cosas gustan sobre todo a nuestros padres, y lo peor de todo es que los otros, los de la tele, lo saben...

6 de enero de 2007

Noche de Reyes Magos


Rey mago como perdido
Hay quien es feliz con su ignorancia. A mí me duele el estado del mundo y de las cosas. Qué le voy a hacer si soy de los que prefiero saber siempre la verdad aunque sea dolorosa. Siempre me dijeron que soy un tipo pesimista, pero bueno: yo más bien digo de mí mismo que me gusta buscarle tres pies al gato. En ocasiones me he dado cuenta de que las cosas no eran tal y como me las contaban, sino más bien se parecían bien poco. "Vete por la sombra, no te vaya a dar el sol y percibas las cosas de forma distinta a como son". Pero claro, tampoco hay que creer del todo a esos paranoicos que parecen ver en cada asunto una conspiración del ejército, la CIA, el gobierno, o qué sé yo...

"El saber os hará libres", no sé ni dónde ni cuándo se inventaron eso, pero yo creo en ello a pies juntillas (a menos que venga el cabrón de tu cole y te agarre por el cuello, claro). Pero la libertad no nos hace necesariamente felices. En ocasiones, más bien ocurre lo contrario. Si hemos de escoger, que preferiríamos: ¿ser felices e ignorantes, o ser infelices y unos sabios libres? Lean "Un mundo feliz", de Aldous Huxley. Yo creo que lo tengo claro... o no. O sí: creo que prefiero ser un hombre libre, totalmente consciente de todo lo que ocurre y me influye. Prefiero elegir mi propio camino, más que los caminos de felicidad de papel celofán en los que algunos nos envuelven...

Yo observo el mundo y pienso. Y veo que aquí todos bailan, mientras en otros lugares, aquí mismo, otros lloran. Nuestro consumo es tal que no quedará nada para nuestros hijos o nietos: ni las migas. Preferimos bailar y no saberlo. Disfrutamos con nuestro equipo de fútbol favorito, mataríamos por sus colores, y mientras el presidente de turno lleva el club a la ruina. Y de paso se enriquece a costa nuestra con la especulación inmobiliaria. Cada mes medio sueldo es para pagarle la letra del piso, pero preferimos no saberlo. El camarero inmigrante gana una mierda y le tratan mal. Creo que todos preferimos no saber que escupió en la hamburguesa que ahora nos sirve con una estúpida sonrisa: "señor: su hamburguesa :o) ".

Me indigna la felicidad de los estúpidos cuando es a costa de un tercero: del planeta, de la miseria del tercer mundo, del futuro de nuestros hijos...

Pero hoy es la noche en que vienen los Reyes Magos cargados de regalos. Bueno; eso es lo que me contaban mis padres. Un día me dijeron que no eran los Reyes los que dejaban los regalos, sino ellos mismos. Ellos mismos se pimplaban el anís y los polvorones que les habíamos dejado la noche anterior. Pero hasta ese día en que me llegaron el gran secreto, fui un niño ignorante y feliz. Y la verdad, es que esta noche para mí sigue siendo como mágica. A pesar de que es la noche de la gran mentira, quizá no me importaría seguir creyendo en los Reyes Magos una noche más...

La excepción confirma la regla, y todo es relativo. Prefiero ser un sabio libre y algo infeliz, a ser un estúpido glotón. Menos en la noche de Reyes Magos, en la que no me importa ser engañado a cambio de un poquito de felicidad. Creo que debo irme a dormir ya; si me encuentran aquí despierto, me parece que me voy a quedar sin regalos. Porque yo me he portado bien este año, ¿no?

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