13 de diciembre de 2006

Soñé que era una tabla de HTML

Hago un recorrido por mi blog y qué contenidos más serios, por favor... Últimamente mi mente está algo espesa, y claro... esto añadido a mis dosis habituales de amargura, me están quedando unos post, o sea, unos pegaos, la mar de densos (la mar petroleada).

Así que aligeremos un poco, soltemos lastre... Esta noche, no he podido dormir bien. Empezó a dolerme la garganta nada más acostarme. Tras el largo puente, es lo habitual, ayer hacía un frío que pelaba en la oficina. No soporto las corrientes de aire frío a las que me exponen mis compañeros día sí, día no, pero ayer nadie se atrevió a abrir las ventanas en todo el día. Nada de calores menopaúsicos: todo el mundo estaba aterido de frío. Luego, llego a casa, y ahí está mi padre, consumiéndose la mitad de todo el gas que importamos a Libia y Argelia juntas. Por mucho frío que haya afuera, en casa siempre florecen los naranjos... Así que claro... cómo no me iba a resfriar, con tanto desajuste extremo de temperaturas.

Pasé el resto de mi tiempo trasteando con una página web para un amigo, y al ir a acostarme, empecé a notar la típica molestia en la garganta. Tumbado en la cama, mi mente seguía pensando en la página web, mi cuerpo queriendo dormir, y empecé a estresarme, cada vez más, por el despertador amenazante de la mañana siguiente. Me sentía mal, y empecé a soñar con que mi cuerpo era una tabla de HTML, y en una celda, que era mi garganta, había un error de programación que no sabía solucionar. ¡Qué agobio me entró! Al final el despertador sonó, y tuve la sensación de no haber pegado ojo en toda la noche. En fin... otra víctima más de la gripe combinada con el HTML...

10 de diciembre de 2006

Tener que parar

Señal de stop
Vivo cada día con cierto nivel de ansiedad, como si estuviese en una carrera para alcanzar no sé qué lugar y puesto en esta vida. Imagino que algunos sentirán que ya llegaron a la meta que tanto desearon, pero no es mi caso. Como soy más bien perezoso, tiendo bastante a perder el tiempo y a mirar a las musarañas, que son unos animalitos así como algo difusos e indefinidos, que sólo se entreven cuando uno entrecierra los ojos en la modorra de la hora de la siesta.

Sí; siempre he tenido esa especie de ansiedad, la de buscador de oro, la de ese que piensa que a la vuelta de la esquina encontrará la gran pepita de oro que le venga a rescatar de una vida mediocre. Aunque con pereza, a ratos estudio, leo, escribo, sueño historias, utopías políticas y revoluciones pacíficas. Aún sigo soñando con que un mundo mejor es posible, aunque hace algún tiempo que caí en la cuenta de que en un mundo mejor, otro peor sería posible. No me gusta ni mi puesto, ni mi trabajo, ni el mundo que me rodea, y doy vueltas en la cabeza imaginando estrategias para cambiar los rumbos del mundo y el mismo rumbo mío. Como soy perezoso, entre siesta y siesta se me van buenos ratos, y mi torpeza y limitaciones tampoco son buenas aliadas para la inmensa tarea que debo realizar. Pero hasta ahora, he seguido soñando...

Cada noche robo unas cuantas horas al día que vendrá, ya que casi siempre me acuesto insatisfecho con los frutos de lo que fue mi trabajo. Un día, y otro, siempre igual, ansiedad en el trabajo, y sensación de derrota por la noche. La ansiedad diaria del buscador de sueños desgasta bastante, cansa. Poco a poco nuestra energía vital de jóvenes se va debilitando, e imagino que es cuando, por el cansancio, hacemos un alto en el camino para reflexionar. Es entonces cuando caemos en la cuenta de que quizá con un metro quince que medimos nunca podremos jugar en la liga profesional de baloncesto. A veces cuesta aceptar que somos tan bajitos, o que nuestra voz es tan desafinada que nunca llegaremos a triunfar en el mundo del bell canto. O como se diga...

Una vez oí a no sé quién, que uno deja de ser joven cuando deja de soñar. No sé si será que mi juventud está llegando a su fin, pero cada vez me siento más cansado de soñar. Sigo soñando, sí, pero cada vez me resulta más cansado. A veces pienso que ha llegado el momento de aceptar que lo que soy y tengo y el mundo es, es lo que seré, tendré, y el mundo siempre será. Me resisto a aceptarlo. No sé si será verdad, que me estoy haciendo viejo a mis treinta y tantos años. O quizá tan solo sea que "corren malos tiempos para los soñadores", como decían en Amelie. No sé... Tengo la intuición de que, en algún momento y lugar de esta autopista que es la vida, no me va a quedar más remedio que tener que parar...

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