19 de noviembre de 2006

Cine de ira y venganza

Los "valores culturales" del imperio dominante (Estados Unidos) conquistan el mundo. Hace poco me preguntaba por qué disfruto tanto con algunas películas europeas, asiáticas o de otras partes del mundo, y por qué detesto tanto, en general, el cine norteamericano. Y la respuesta estaba clara: casi todas las películas norteamericanas siguen el esquema típico de lo que yo llamo "cine de la ira y la venganza".

Me explico. Montones de películas americanas responden a este esquema: una sociedad, una familia, un personaje sufre un maltrato por parte de uno o varios villanos. El planteamiento básico de la peli consiste en generarnos una gran ira interior, y en presentarnos a un héroe que nos liberará del villano. Nuestro héroe será conducido prácticamente hacia la muerte, nuestra ira y sed de venganza se acrecentará más y más durante el 2º acto de la película. Al final, el héroe resurgirá de su cenizas y tomará venganza por parte propia y de nosotros, y sentiremos un gran alivio cuando veamos retorcerse de dolor y muerte al villano que tanto nos había hecho sufrir. Como huevos podridos, yo, huelo este tipo de argumentos a cientos de kilómetros. Y no soporto su hedor...

Este "valor cultural" de las historias de ira y venganza también se exportan al resto del mundo, y podemos ver montones de pelis siguiendo este esquema. Nada aportan de nuevo, y encima carecen de la inversión del cine norteamericano, con lo cual, suelen hacer agua por todos los sitios.
Cuando era pequeño, me gustaban las pelis de indios y vaqueros. Los indios eran los villanos, y los vaqueros nuestros héroes liberadores. Cosas de la vida, luego descubrí que los verdaderos villanos eran los vaqueros. A la par vinieron las pelis de nazis, y luego las de la guerra fría, en las que los villanos eran los comunistas. En otras los villanos son unos marcianos de color verde, y ahora los malos son los integristas islámicos. Casi siempre, el héroe salvador es un blanco, representante del imperio liberador norteamericano. Curiosamente, hace poco, vi una peli del mexicano Gillermo del Toro, "El laberinto del fauno", que me olió a huevos podridos desde el principio: los villanos eran unos fachas malísimos de la guerra civil española, y los héroes unos rojos de actitud e ideales irreprochables. Más cine de la ira, y además, con escenas de dolor muy explícitas. Para colmo, nuestra heroína republicana acaba convertida en toda una princesa de cuento de hadas. Claro, que el cine de la ira, casi nunca se caracterizó por su coherencia argumental: lo que cuenta es el espectáculo.
Ya desde pequeños nos van moldeando. Por ejemplo, en "Los increíbles", así como si nada, nuestros hijos aprenderán a alimentar su sed de venganza contra el villano de turno.

Lo que más me sorprende es nuestra capacidad sin límites para engullir una y otra vez las mismas historias e idénticas estructuras argumentales. Debe ser por eso del no pensar mientras me entretengo. Si me gustan algunas películas del cine europeo, asiático o del resto del mundo, es porque me sorprenden con historias de héroes que se parecen bastante a mí, y que sufren o son felices con las mismas cosas que a mí. Me identifico con ellos, me hacen soñar, o me descubren realidades que otros intentan enmascarar.

La cultura de la ira y la venganza no es algo inocuo; yo creo que perjudica a la sociedad. Por ejemplo, la pena de muerte de algunos países es una ley basada en la ira y sed de venganza que todos sufrimos ante una muerte violenta. Creo que las leyes se han de hacer con la razón, no con los impulsos de las pasiones. Además, la ira convierte a nuestras sociedades en violentas; este dominio "cultural" nos trae la justicia con violencia. Las cárceles ya no son un lugar para reeducar o tan siquiera apartar a los sujetos peligrosos, sino un lugar para castigar.

Ya Cervantes escribió "El Quijote" harto de ver cómo triunfaban las mismas estúpidas y recurrentes novelas de caballerías. No hemos evolucionado demasiado. Se identifica una buena peli con el número de espectadores que la ven; en tiempos de Cervantes, eso sería como equiparar las novelas de caballerías al Quijote.

Como escuché a Ana María Matute hace poco en la tele, igual que a ella, no me apetece el sentimiento de odio nada más que por pereza. Y me explico. Cuando odio a alguien, cuando me enfrento con alguien, luego quedan en mi alma un montón de cicatrices que resulta muy cansado curar. De verdad, no me gusta sentir odio ni sed de venganza en mi alma. Lo malo es que me irrita ver tanto cine de "ira y venganza" en nuestra teles y carteleras...

13 de noviembre de 2006

Regalos de compromiso

Se acercan las navidades, con ese gasto inútil en lucecitas que tanto gustan a nuestros alcaldes y a los grandes almaceneros. Allí vamos, siguiendo el rastro de luz, directos a cualquier centro comercial, inevitable camino, como polillas que quedarán ciegas o muertas por la luz y la temperatura de una bombilla. Los Isidoros Álvarez del mundo harán de nuevo caja, y bailarán sobre nuestras tumbas, plenos y gozosos de alegría.

No hay cosa que más me joda que tener que pasar por el aro; bailar al son que otros tocan. Pero allí estaré yo, uno más de tantos tontos, como un mendigo entre la basura, buscando esos regalos de compromiso que cada año me veo obligado a hacer. Por Dios, qué depresión me entrará otra vez. Y sólo queda un mes...

Pero tras fundirme la paga extra en objetos varios, y añadir un nuevo tic facial a mi colección, por la ansiedad contenida, no quedará ahí la cosa. Aún me faltará lo peor: recibir los regalos que como agazapados me esperan. Cada año, unos cuantos trastos inútiles acaban olvidados en los repletos cajones de mis armarios, apoderándose, como la mugre, del poco espacio que queda ya en el escueto mundo prestado en que habito y que es mi habitación. Mi más que pequeño mundo...

Lo peor de un regalo de compromiso, por muy inútil que sea, es que no te puedes deshacer de él hasta que no pasa cierto tiempo. Para entonces ya es demasiado tarde, y aparece mimetizado con el color del fondo de cualquier rincón, para que tú no le veas y lo mandes de una vez a la chingada.

Pero este año, no voy a tener contemplaciones con estos regalos inútiles que ya deben estar preparados en sus cajas para la invasión de mi espacio vital. No, este año no podrán conmigo, porque por fin cuento con unos pequeños e inocentes aliados: mis sobrinos, que sin apenas levantar un palmo del suelo, son especialistas en destrozar todo lo que pillan, con sus manecitas, tan tiernos... Perritos de escayola, libros insufribles, películas aburridas, y si hace falta, hasta pianos de cola. Este año, no quedara ningún regalo inútil con vida... Gracias por vuestra desinteresada tarea, dulces sobrinillos...

Pero eso sí; no esperéis regalos míos esta Navidad: no me gusta hacer regalos por compromiso...

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