miércoles, febrero 29, 2012

Estrategia de mercado

A media mañana las vi juntas en la esquina de mi calle. Conversaban frente al escaparate de la zapatería. Pensé que buscaban algún zapato de saldo, pero aparentemente no mostraban el menor interés por los productos del escaparate.

Una de ellas era una viejita, espigada y flaca, de pelo cano. La otra, de mediana edad, más baja y regordeta, debía ser magrebí, pues llevaba velo islámico. Imaginé que la mujer del velo estaba al cuidado de la mayor. Pero había algo extraño en la relación amigable de aquella pareja que desmentía mis propios argumentos y suposiciones. Su relación era demasiado cercana, demasiado igual, como para que fueran criada y señora.

Durante algunos días las pude ver en el mismo lugar a horas distintas. Era como si esperasen un autobús que nunca venía. Quizá era que no se decidían por ninguno de los zapatos del escaparate. También pensé que hacían tiempo mientras esperaban la salida del colegio de sus nietos.

Anoche mi curiosidad obtuvo respuestas. Acudí tarde al supermercado, justo cuando iban a cerrar. Ya era de noche, y las dos señoras aún permanecían en la calle. Rebuscaban en uno de los contenedores de basura del supermercado. En su complicidad por la superviviencia, la mujer del velo inclinaba el contenedor, mientras la viejita rebuscaba algo de comida entre la basura. "Criada y señora...", pensé con cierta desazón.

Tuve la certeza de que esperaban en la esquina de la zapatería por simple "estrategia de mercado". Desde aquel mirador excepcional podían observar con discrección los cubos de basura de dos supermercados. Ahí debían estar apostadas a lo largo de todo el día y parte de la noche, esperando la salida de la mercancía caducada o defectuosa. Lo que unos desechamos a otros les sirve...

En estos tiempos inciertos, a veces la necesidad hermana, y la miseria no hace distinción de raza, edad ni religión. El artículo de la Consitutición sobre igualdad se cumple con una ironía demoledora. Quizá éste debe ser el país que planearon los padres de la patria...


martes, enero 31, 2012

¿A dónde vamos?

El día que Moisés emprendió lo que luego sería una larga travesía camino de ninguna parte nadie le siguió. Intentó convencer a algunos de sus amigos, pero nadie quiso acompañerle. Su orgullo le hizo reprocharles un "peor para vosotros", con lo que ni siquiera tuvo una cariñosa despedida con aquellos amigos que nunca más volvería a ver.

Cogió el autobús a eso de las 2 de la tarde, sin percatarse de la aparencia humilde que tenían la mayoría de los pasajeros. Moisés no daba demasiada importancia al aspecto de nadie, y eso que era desconfiado por naturaleza.

El autobús era una tartana que quizá debió tener una imagen inmaculada en otro tiempo. Nadie con dos dedos de frente hubiera comprado un pasaje en aquél despojo rodante. Sobre todo teniendo en cuenta de que la ruta era a través de más de mil kilómetros de desierto. Pero siempre hubo pobres y despreocupados en este mundo. Desde luego que a Moisés el aspecto del bus le trajo sin cuidado. Pero no le cayó bien que su asiento estuviese al lado de una señora gruesa que además había ocupado su número de plaza junto a la ventanilla. Moisés no protestó más que por dentro y no le reclamó a la señora. Padecía de una introspectiva forma de ser que le hacía demasiado tímido para los tiempos rudos que corrían. Así que se resignó a sentarse en el breve espacio que la señora gorda había dejado libre entre sus propias posaderas y el reposabrazos del otro asiento. Asiento sobre el que iba a viajar Moisés y cuyo cuero cuarteado y hundido prometía cualquier cosa menos un viaje cómodo...

El chófer subió al autobús e hizo el recuento de pasajeros y de paso pidió los billetes. Era un tipo que se engominaba la cabeza con la propia grasa de su pelo. Vestía un pantalón amplio y una camisa desabotonada que marcaba el cerco de sudor en las axilas, y que dejaba ver el torso peludo de aquél fauno y una cadena de oro de muchos kilates. Su aspecto de dandi contrastaba con sus gafas de pasta y lentes gruesas. Quizá su vista no fuera muy aguda, pero el chófer perjuraba a sus amigos que conocía tan bien la ruta que era capaz de hacerla hasta con los ojos cerrados. Y viendo sus lentes nadie lo ponía en duda.

- Billete, billete -iba pidiendo el conductor- billete... Señor, su autobús es ese de al lado...

Un pasajero despistado abandonó apresurado el autobús.

- Señora, por favor, su billete...

- Perdone -dijo la señora gruesa- Es que me he puesto al lado de la ventanilla porque me mareo.

- Si al caballero no le importa, a mí tampoco -dijo el chófer sin mirar a Moisés- Caballero, su billete.

- Es igual -comentó resignado Moisés mientras entregaba el billete al conductor-

Por fin el autobús se puso en marcha. El ensordecedor traqueteo del motor espabilló a alguno de los pasajeros que empezaba a adormilarse. Pero en cuanto el ruido se hizo monótono se volvieron a dormir, incluso a pesar de los corridos mexicanos que escuchaba el conductor a voz en alto, tan impropios en aquella hora de siesta.

Moisés hubiera querido también dar una cabezadita, o incluso teletransportarse en un largo sueño al otro lado del viaje y del desierto. Pero su oronda compañera de ruta se le adelantó con un ronquido entrecortado en tono de fa que sonaba como cococó, silencio, cococó, aaaaffff... Y no es que aquel ronquido sonase más alto que el ruido del motor, pero a Moisés le entró rabia y fue su propio hervor por dentro el que no le dejó dormir.

Poco a poco, con parsimonia y lentitud, el bus fue avanzando en la ruta. Cuanto más se adentraba el destartalado vehículo en el desierto más insoportable se hacía el calor. Para colmo de males, los autobuses de otra época no traían de serie el aire acondicionado, y como al bus nunca se lo instalaron, el camino era un retorno en el tiempo que permitía rememorar la sufrida vida de nuestros abuelos. Al menos aquellos pasajeros no viajaban a lomos de una mula.

El conductor llevaba colgado en frente de él un ventilador minúsculo que producía cierta envidia entre el pasaje porque todos imaginaban que echaba aire fresco. En el espejo retrovisor, el tipo había colgado un rosario de cuentas de color rosa fosforito, que oscilaba al ritmo del autobús. Seguía martirizando a las primeras filas del pasaje con sus canciones mexicanas repetidas, pues siempre eran las mismas. Los de las filas de atrás quedaban a salvo de la  música gracias al ruido del motor.

Un par de niños archiaburridos desesperaban a su padre y a parte del pasaje con peleas contínuas, y en la parte trasera del bus un joven de aspecto serio se encendió despreocupado un cigarrillo de marihuana. Alguien cercano protestó, pero el conductor no hizo ni caso. Moisés llevaba la mente como en blanco, casi fundida por el sopor de aquella sauna rodante, soñando una vida mejor al otro lado del desierto, pues en la ciudad que acababa de dejar atrás no había trabajo ni para él ni para ninguno de sus amigos de siempre que inexplicablemente no le habían querido acompañar. De vez en cuando miraba de reojo a su compañera de asiento, que seguía roncando plácidamente, arrinconádole cada vez más en su pedacito de asiento.

Hacía tiempo que el autobús había tomado un pequeño desvío que apenas era una pista medio borrada por la arena del desierto. Desde entonces no se había cruzado con ningún vehículo. Era un desvío de más de 200 kilómetros con el que el conductor conseguía un dinero extra al ahorrarse el peaje de la autopista. Y de paso alargaba la agonía del pasaje.

A mitad del desvío, justo cuando más parecía golpear el sol, el chófer detuvo el motor e hizo un alto en el camino:

- Paramos 15 minutos.

Las señoras debieron acordarse de la puta madre del conductor, pues en aquel lugar inhóspito en medio de la nada no había ni un matojo, ni una roca que levantase más de 3 palmos. Así que cada cual se las apañó como pudo para orinar detrás de alguna toalla o sin pudor, mientras algunos hombres las miraban con descaro.

Alguna de las mujeres debió desear un "ojalá te mueras, hijueputa", con tan mala fortuna que hizo pronóstico. De forma repentina, cuando se fumaba un pitillo, el chófer cayó a plomo en la cuneta, justo entre el asfalto y la arena. Al verle caer los pasajeros acudieron a auxiliarle. Le echaron agua para refrecarle, e incluso uno de los pasajeros le dio un masaje cardiaco, pero no volvió en sí porque estaba más que muerto.

- ¡Dios mío! -se lamentó la señora gorda- ¿qué vamos a hacer en medio del desierto?

Fue en ese preciso momento cuando los pasajeros cayeron en la cuenta de su propio desamparo y empezaron a preocuparse por ellos mismos. Al padre de los dos mocosos peleones la preocupación se le multiplicó por dos. Algunos sintieron la sequedad en la garganta al comprobar que en aquel punto remoto del desierto los móviles no tenían cobertura. Y el hombre serio empezó a liarse otro pitillo de marihuana. El resto murmuraba a regañadientes mientras se quejaba de su mala fortuna, y Moisés fue el único que puso un poco de cordura:

- ¿Nadie sabe conducir este trasto?

El chico del cigarro de marihuana se ofreció para llevar el autobús. Pero nadie sabía dónde había puesto el conductor la llave. No la había dejado puesta en el contacto, y entre sus ropas no encontraron más que una cartera sudada y un viejo peine de plástico. Por más que rebuscaron en la cuneta no encontraron nada. También buscaron sin éxito donde antes de morir el conductor había dejado su último reguero de pis. Pero nadie encontró la llave: allí sólo había montones de arena en la que buscar.

- Está claro que si nos quedamos aquí nadie vendrá a por nosotros -dijo un señor flaco que hasta ahora había sido un mero espectador de los acontecimientos-

- ¿Y a dónde vamos a ir? -volvió a lamentar le señora gruesa-

Quizá por avivar el ánimo de la gente, o tal vez porque deseaba más que nadie comenzar una vida nueva, Moisés habló con determinación a la gente:

- ¡Seguidme y yo os sacaré del desierto!

Dada su timidez, su ofrecimiento entusiasta fue un inésperado arrojo que le hizo sorprenderse de sí mismo. Pero fue de una seguridad tal que nadie dudó de que esa la mejor opción. Y cuando Moisés se puso en camino todos le siguieron, y eso que en el fondo no tenía ni idea de para dónde debía caminar...

sábado, diciembre 31, 2011

La sopa se enfría

El ambiente aparentaba ser aún más cálido debido a los brillos y destellos de la cubertería de plata y de las lámparas bañadas en oro que colgaban del techo. Las dos amigas se acercaron las lentes para leer mejor la carta.

 - Espero que este plato de aquí -dijo Florencia señalando una de las líneas de la carta- no sea una de esas sopas frías que tanto detesto.

- Pregútale al metre, querida -comentó Enriqueta-

Las dos amigas eran unas cincuentonas mustias que se habían embarcado en aquel crucero que atravesaba el Atlántico más por el placer de a la vuelta cotillear y dar envidia a sus mejores amigas que por el viaje en sí mismo. Se alojaban en camarotes anexos de primera clase.

- Perdone -Florencia interceptó al metre-, ¿en qué consiste este plato, éste de aquí?

El metre dio las indicaciones pertinentes a Florencia, cuando en ese preciso instante los músicos se arrancaron con las primeras notas de un vals suave. Era un cuarteto de cuerda con dos violines, una viola y un violochelo.

- No me ha quedado claro -comentó Florencia en voz baja a su amiga- ¿es una sopa fría?

- No he prestado atención, querida. Estaba pendiente de los músicos. Ese calvito del bigote me recuerda a mi ex-marido.

- De todas formas, voy a pedir la recomendación del metre. Me ha dicho que era una sopa exquisita de marisco. ¿Tú, Enriqueta, qué vas a pedir?

- No sé. Lo mismo qué tú.

Era temprano, y las actividades que se celebraban por la tarde en el barco no habían terminado aún. En el comedor no había más comensales que las dos amigas.

- Camarero, camarero -Florencia alzó la voz- hemos decidido que las dos vamos a tomar esa sopa de marisco que usted dice que está tan rica.

- ¿Y de segundo, qué van a tomar?

- Aún no lo hemos decidido -respondió Enriqueta-

- Está bien, luego les tomo nota.

Florencia se empeñaba en descifrar los platos de la carta, pero con aquellos nombres raros no obtenía ninguna pista. Mientras tanto su amiga Enriqueta horadaba nerviosa con la uña el pan y se lo comía haciendo pequeñas bolitas.

- No hagas eso con el pan -le reprendió Florencia-, es de mala educación.

- ¡Aj... qué más da! -se excusó Enriqueta-, total ¿quién me va a ver? El comedor está vacío.

- Te ven los camareros Y te veo yo.

- ¡Ni que tú fueras tan imporante!

El camarero apareció con los platos. Justo cuando los depositaba encima de la mesa, un golpe seco sacudió el barco, y la sopa estuvo apunto de verterse fuera de los platos.

- Uy, qué susto. -dijo sobresaltada Florencia- ¿Camarero, qué ha sido eso? ¿No nos iremos a hundir, como el Titanic?

- No se preocupen, señoras -intentó tranquilizar el camarero- Disculpen, voy a preguntar.

El camarero salió a la carrera hacia la cocina, y Enriqueta no tuvo tiempo de pedirle otro pedazo de pan. Los músicos silenciaron sus instrumentos y también salieron afuera a ver qué pasaba, con lo que las dos amigas quedaron aún más solas en el comedor. Fue Enriqueta la primera en probar la sopa:

- Mmmm... de veras que está rica.

- ¿A ver? Voy a probar -comentó Florencia- Aj... no sabe a nada. Está insípida, le falta sal.

- ¿Sal? ¿Qué quieres, que sepa a salmuera? Está en su punto.

- ¡Tú que sabrás...!

En el exterior del comedor, se oían ruidos de gente que iba de un lado a otro del barco de manera apresurada. Pero las dos amigas permanecían inmutables sentadas a la mesa. Florencia esperaba a que el camarero regresase para pedirle el salero. Pero allí no apareció nadie.

- Como no te comas la sopa se te va a enfriar -inquirió Enriqueta a su amiga-

- Qué vergüenza de servicio -protestó Florencia-. Ni un camarero por ningún lado. Cuando terminemos de cenar les voy a poner una reclamación. Y si terminamos, porque aquí no aparece nadie para preguntarnos por el segundo plato.

Florencia no tuvo más remedio que empezar a comerse la sopa, por más que le resultase insípida. Realmente, ya se estaba quedando fría, lo que añadió más inquina a su desgracia. Enriqueta, mientras tanto, apuraba las últimas cucharadas de su plato.

En el exterior del comedor de primera clase cundía el pánico, pues el barco se hundía lentamente hacia el fondo del océano. Pero las dos amigas, ensortijadas de oro y con collares ostentosos de perlas, permanecían ajenas a lo que afuera sucedía. El absurdo de su manera de ser las mantenía más preocupadas de sus pequeñas bagatelas respecto a la sopa de marisco que de poner a salvo sus vidas. No eran conscientes de que en determinadas situaciones, que la sopa esté sosa o más o menos fría es lo de menos. Pero para ello uno ha de ser capaz de alzar la vista un poco más allá de uno mismo...

miércoles, noviembre 30, 2011

La vida inventada del maestro malabarista

Pompompompóm:

-Atención, presten atención: el maestro Rudolf está afónico, pero eso para nuestro profesor es más un reto que un inconveniente. Como es un gran mimo, explicará la clase con muecas esforzadas.

Así empezó aquella tarde la clase de diseño web.

- Rudolf, perdona: hoy no vas a tener Internet. Ahora ya no podrás decir que funciona mal.

Y el maestro malabarista montó un servidor virtual en la imaginación de los alumnos.

Otro día, nada más llegar las primeras nieves, saltaron los plomos y se fue la luz:

-Rudolf, Rudolf: si enciendes la calefacción os quedaréis a obscuras.

Y todos los alumnos corrieron a ponerse el abrigo. Al menos el ronroneo de las CPUs indicaba que aún seguían vivas, y de los ventiladores de la placa madre emanaba un aliento ligeramente cálido que en algo les aliviaba y les desentumecía los huesos.

Cuando llegaron los primeros calores del incipiente verano pensaron que podrían liberarse del peso de sus abrigos:

- Rudolf, Rudolf: os hemos instalado un potente aire acondicionado para que estéis bien fresquitos. No podéis apagarlo porque lo gobierna un mando central desde alguna parte del planeta. El desencanto que vais a sufrir es consecuencia de la globalización: para que otros no sientan calor vosotros deberéis sentir un frío casi polar. Pero como sois pocos os toca sacrificaros en pro del bien común.

Rudolf el malabarista sintió dar otra vuelta de tuerca a su apretada bufanda. Y ya nunca nadie abandonó su forro polar.

- Perdonad que entren estos señores en el aula: son los fontaneros, y tienen que perforar el suelo y parte de la pared porque tienen que buscar las tuberías, cuyos planos nadie sabe dónde andan. Pero vosotros seguir trabajando como si tal cosa, haced como si no estuvieran.

El martilleo sobre los radiadores devolvía un eco como de submarino. Entonces el concienzudo maestro se sacó un ejercicio largo de su chistera y pidió a sus alumnos que trabajaran en silencio.

A pesar de todos obstáculos, así es el mundo del espectáculo, el habilidoso maestro, poco a poco, conseguía transmitir a sus alumnos los complicados conocimientos. Un día vino Chang.

 - Maestro malabarista, aquí te traemos a Chang, que llegó ayer tarde desde China. Ya supondrás que no habla español. Pero lo importante es que le gusta mucho el Real Madrid.

- ¿Leal Madlil?: Messi, Piqué, Lonaldo.

Desde aquel día Google Translator fue el mejor aliado del maestro malabarista. Chang era muy trabajador y pronto se puso a la par de sus compañeros.

- Rudolf: no vamos a poder pagarte el sueldo este mes.

El maestro malabarista se sacó una de sus destartaladas botas y la pasó a modo de cepillo. Algunas de la moneditas que le dieron sus alumnos se perdían por los agujeros de la suela. Con las monedas que encontró después de la colecta se compró un donut y un café con leche en la cafetería de enfrente. A fin de mes no pudo hacer frente al pago de la renta. El casero le echó de casa, así que decidió trasladarse al aula con todos sus enseres, que por otra parte eran escasos.

- Maestro Rudolf: que nos tenemos que llevar su ordenador. De todas formas, como nos dijo que estaba apunto de caducarle la licencia del software pensamos que no le importaría...

El malabarista cogió una tiza y dibujó una pantalla en la pizarra. Cuando la tiza expiró entre sus dedos escribió en la pizarra arañando con las uñas. Cuando se quedó sin uñas dibujó los gráficos en el aire, muy rápido. Sus habilidosos dedos dejaban una estela precisa en el aire y de esa manera los alumnos podían percibir el rastro que dejaba la velocidad en el espacio.

Para Rudolf, el maestro malabarista, lo más importante era el espectáculo, y pese a los imprevistos, éste siempre debía continuar...

lunes, octubre 31, 2011

Liberales

La pesada lluvia, que no cesaba desde bien temprano, hacía más molesto el camino. Roque sintió hambre, pues eran ya cerca de las 4 de la tarde, y no había probado más bocado que una barrita energética desde la mañana. El mapa era confuso, y no se divisisaba ningún poblado cerca: con la lluvia cerrada era difícil ver a lo lejos. Para no perderse, Roque venía siguiendo el curso de un riachuelo que según el mapa pasaba por un poblado. Pensó que si ascendía un poco, quizá desde lo alto del cerro cercano se pudiese ver algo. Pero en ese momento el aguacero arreció con fuerza, así que no le atrajo la idea.

El pequeño riachuelo rugía cada vez con más fuerza. A su vereda, Roque descubrió lo que parecían ser las ruinas de un pequeño templo y se sintió afortunado. Se acercó, y aunque el lugar estaba lleno de humedad, al menos en un pequeño rincón quedaba algo de techo en el que guarecerse del ímpetu del agua.

Llovía como nunca había visto desde que llegó al planeta de sus padres. Sacó de su mochila la cocina portátil y un pequeño cazo. Por los agujeros de aquel momentáneo refugio caían a borbotones numerosos chorros de agua. Por un instante le recordaron a su infancia, cuando con sus amigos jugaban a salpicarse con el agua que se fugaba de las cañerías viejas. Se acercó a uno de los chorros y llenó el cazo: el agua era limpia y fresca. Encendió el fuego y puso a calentar el agua. Cuando ésta entró en ebullición echó una pastilla de alimento concentrado.

En la mano de Roque, la cuchara daba vueltas en el cazo. En su giro producía un remolino hipnótico de grumitos de alimentos indeterminados. Roque seguía los pequeños grumos con esa mirada perdida que siempre terminaba en sus propios pensamientos.

Cuando el preparado alimenticio estuvo listo Roque apagó el fuego. Acercó las manos entumecidas por el frío, y sintió un gran alivio. Dio un sorbito, el caldo quemaba, pero sintió cierto alivio. Apensas hubo dado un segundo sorbito cuando escuchó como un rugido que venía del riachuelo que estaba a tan solo unos pasos de donde se encontraba. Echó una mirada al riachuelo por entre los muros del refugio, y vio con horror que más arriba el cauce venía desbordado, arrasando con lo que encontraba a su paso. Tiró el cazo con el caldo caliente, cogió la mochila, y corrió todo lo que pudo hasta un punto más alto...

El torrente de agua, piedras y lodo le alcanzó, pero se agarró a un árbol con todas sus fuerzas, y peleó por alcanzar el borde indemne junto a la riada. Se arrepentía de haber cogido la mochila, pues ahora era un peso muerto colgado a su espalda. Estaba metido en el fango hasta un poco más abajo de la cintura. Sentía que el árbol era su salvavidas y no se atrevía a soltarlo. Pero si no se soltaba no podría alcanzar la orilla, que apenas estaba a unos centímetros de él. En un instante sopesó los riesgos y se dio un impulso hacia la orilla salvadora. Respirió aliviado.

Tuvo que caminar empapado y sucio bajo la misma lluvia impetuosa, que no cesaba. Maldijo a su suerte, porque había perdido su cocina portátil, el cazo, y la posibilidad de tomar algo caliente. Le daba tanta rabia que por momentos no era consciente de haberse salvado por los pelos.

Por fin divisó un poblado, pero su ubicación no coincidía con las indicaciones del mapa, sino que estaba mucho más alejado de la orilla del río. Cuando entró en la primera cantina que encontró se sentía exahusto pero por fin aliviado.

- Hola buenas -saludó al camarero- ¿sabe de algún lugar en que poder dormir esta noche?

Ni el camarero ni los cuantro gatos que jugaban a las cartas en torno a una mesa parecieron asombrarse demasiado por su aspecto ni por su presencia.

- Dos casas más arriba le pueden alquilar una habitación; pregunte por la señora Candy -le recomendó el cantinero- ¿Qué, le sorprendió la riada? No es la primera vez que a alguno se lo lleva el río cuando llueve con fuerza.

A Roque le sorprendieron aún más las palabras del camarero.

- Estoy vivo de puro milagro -respondió Roque- ¿Y dice que no soy el único al que le ha ocurrido algo así?

- ¿Qué va a tomar? - preguntó el camarero-

- Algo caliente, por favor... una sopa, leche, una infusión... lo que sea, pero caliente.

- Le pondré  un tazón de leche caliente

El cantinero entró un instante en la cocina a calentar la leche, y enseguida regresó.

- Pues sí - dijo el camarero-, no es usted el primero ni seguro el último al que las aguas arrastran. Ese río es chiquito, pero como baja empinado, es bien traicionero.

- ¿Y no encuentran ninguna forma de regular su cauce? -cuestionó Roque-

Los cuatro que jugaban en torno a la mesa giraron la cabeza y miraron un instante a Roque.

- ¿Regular? -dijo frunciendo el ceño el cantinero- Mire, en este lugar nos decimos liberales, y pensamos que las aguas deben de seguir su propio cauce. Que crecen: ya bajarán.

- Pero quizá con una pequeña presa -replicó Roque-, qué sé yo, quizá así podrían salvar vidas.

El cantinero puso cara de desencanto y acudió a la cocina. Los cuatro que jugaban a la mesa parecían cada vez más atentos a la conversación ajena entre Roque y el cantinero. Roque se descubrió observado y les saludó con un gesto. El cantinero regresó con la leche caliente.

- Por fin, qué calentita -dijo Roque, poniendo aliviado las manos en el tazón de leche-

-Mire usted -continuó el camarero-, antes de la gran guerra dicen que había una presa. Una bomba la reventó, y el pueblo, que entonces estaba junto al río, quedó sepultado bajo la torrentera de piedras y fango. No se puede contener la fuerza de la naturaleza...

Roque no sentía fuerzas para replicar al cantinero tozudo que sentía la batalla perdida ante los designios de la naturaleza. Se terminó el tazón de leche, pagó, y fue en busca de la señora Candy. Le esperaba una ducha caliente, una habitación limpia, y un sueño reparador en una cama blanda. Antes pudo lavar y poner a secar su ropa junto a una estufa.

La mañana siguiente amaneció con el cielo despejado y un expléndido sol. Roque pagó por la habitación a la señora Candy y continuó su camino.

jueves, septiembre 29, 2011

Tradición

Cuando Roque llegó a lo alto del cerro había más que andado unos cuantos kilómetros de más. Y sin ver a un alma. Por eso sintió una pequeña alegría en el corazón cuando desde lo alto del cerro divisó el poblado de Vilcanota. Atardecía ya. Pensó en un trago y en una cama tibia, y mejor aún si dormía acompañado, aunque no confiaba en esa suerte que nunca le ocurría. Desde lo lejos, se descubría el poblado iluminado y se escuchaba como el rumor de una música de fiesta.

Vadeando un camino de tierra, Roque avanzaba con paso esperanzado hacia el pueblo, cuando un coche le sobrepasó dejando una nube de polvo tras de sí, y tras avanzar unos metros se detuvo esperándole.

- Eh tú -una chica morena le llamó desde dentro del auto- ¿vas al pueblo?

- Sí, ¿qué pueblo es?

- Vilcanota -respondió la mujer-

Roque desplegó el mapa que llevaba en el bolsillo, e hizo el ademán de localizar el pueblo.

- Es inútil -dijo la mujer-, esos mapas no sirven para nada. Después de la guerra, algunas ciudades desaparecieron, y otros pueblos, la mayoría, apenas tienen unos cuantos años de existencia.

Roque cada vez tenía más dudas de que el mapa que le había confiado su padre sirviera para algo. No obstante, lo plegó con cuidado y lo guardó en su bolsillo. Con un poco de suerte, quizá aquella mujer le podría acercar al pueblo.

- ¿Vas para el pueblo? -la mujer dijo que sí con la cabeza- ¿Me puedes llevar?

- Oye, ¿tú no serás uno de esos activistas que intentan acabar con nuestra fiesta mayor?

A Roque le desconcertó la pregunta de aquella chica.

- ¿Qué fiestas? ¿Qué activistas?

- Anda sube, que te acerco.

La chica salió del coche y abrió el maletero para que Roque pudiera dejar su mochila. Ya dentro del auto, le regaló una sonrisa cómplice.

- ¿De dónde vienes, caminando solo a estas horas? -preguntó la mujer-

- Uff... desde muy lejos. Sólo sé que ahora mismo estoy muy cansado...

Roque sentía una tremenda pereza, y no le apetecía contar de nuevo la larga historia de su viaje a ninguna parte.

- No nos hemos presentado; yo soy Lucinda.

- Yo soy Roque. Oye, ¿y no tienes miedo de coger a un desconocido a estas horas en mitad del camino?

- ¿Acaso tú no te asustas de mí? -respodió Lucinda-

Ante la bravuconería de aquella chica que le parecía atractiva, Roque no pudo menos que sonreírse.

- Pues para venir desde tan lejos -continuó Lucinda con su sonrisa pícara- y estar tan cansado, no tienes mal aspecto del todo...

Roque devolvió la sonrisa, animado por la esperanza de que quizá esa noche no dormiría solo. El coche se acercaba al poblado y a Roque le resultaron familiares las notas de aquella música que cada vez se hacía más audible.

- ¿Entonces, me dices que estáis en fiestas?

No habían pasado 20 minutos, cuando Roque estaba en medio de una verbena con una cerveza en la mano. Momentos antes, había dejado la mochila en la habitación de una casa de huéspedes que le había recomendado Lucinda. Le lugar era muy modesto pero aseado. Había tenido que pagar por adelantado, y ahora tenía menos esperanzas de dormir con Lucinda aquella noche, pues no le había invitado a su casa. Pero quién sabía, al menos ahora estaba tomando una cerveza con ella en mitad de la verbena.

- ¿Y qué me decías de unos activistas? -Roque tenía que alzar la voz para hacerse escuchar-

- Sí, los activistas que quieren acabar con nuestra fiesta.

- ¿Acabar con la fiesta? -Roque no escuchaba nada- ¿Por qué quieren acabar con la fiesta? ¿Por el ruido?

- ¿Eh? Sí, la música está muy fuerte -se excusó Lucinda- No, es por lo de la cacería.

- ¿Qué cacería? Te escucho mal.

Roque no escuchaba nada. Tenía la teoría de que la gente organizaba fiestas porque en realidad lo que quería era beber. El hecho de que el ruido de la música aislaba a la gente, que no podía hacerse escuchar, confirmaba su teoría.

- Sí, la caza del reo -contestó imperturbable Lucinda, que tenía el oído más habituado-. Mañana soltamos a un reo, uno al que hayan condenado a muerte, y salimos a cazarlo con lanzas.

Roque casi se atraganta con la cerveza. Porque ahora sí le pareció escuchar claro lo de la caza del reo, aunque esperaba que fuera una mala percepción auditiva.

- ¿A un reo? ¿A una persona? ¿Que cazáis a una persona?

- ¿Es que no lo sabías? -preguntó asombrada Lucinda- Todo el mundo conoce a Vilcanota por nuestra fiesta mayor. Claro, que tú dices que vienes de muy lejos. Soltamos a un preso y después salimos a cazarlo. El que lo mata alcanza el más alto honor del pueblo.

No sabía si es que estaba muy cansado, que oía mal, o que esa cerveza, casi en ayunas, le estaba sentando mal. Las constumbres insólitas de este planeta asombraban a Roque cada día más.

- No sé si te estoy oyendo mal o me estás tomando el pelo -dijo Roque-.

Lucinda embocó su botella de cerveza, mientras señalaba un cartel anunciador de las fiestas. En el cartel, pegado en una pared, se podía leer "La caza del reo de Vilcanota".

- ¿Pero pobre hombre, no? -Roque estaba estupefacto- ¿Sin darle una oportunidad?

- Le dejamos 15 minutos de ventaja, y si alcanza el límite del cerro, allá por donde te encontré, queda libre. ¿Qué más puede pedir un preso condenado a muerte?

- ¿Y alguien ha conseguido escapar alguna vez?

- ¡Nunca! -respondió exhultante Lucinda- ¡Los de Vilcanota somos los mejores cazadores de hombres a lanzazos de este planeta!

Lucinda rompió en una risa histriónica que, a Roque, algo magnánimo, le pareció fruto de los estragos del alcohol.

- ¿Pero cómo podéis matar así, a lanzazos y por diversión, a una persona?

Tras su expresión, Lucinda parecía aburrida de escuchar una y otra vez aquella pregunta. Conocía su respuesta de memoria.

- ¿Acaso no lo van a matar de todas formas? ¿Acaso no matan a otros reos en otros lugares y de distintas formas? Éste al menos tiene una oportunidad de escapar. Y además, es nuestra tradición: siempre se ha hecho así, y así siempre se hará.

Roque tenía serias dudas sobre la pena de muerte, pero las dudas se le disipaban ante esta cacería a lanzazos que le parecía cosa de bárbaros.

- ¿Pero la tradición? -esgrimió Roque-, ¿se podrá cambiar en algún momento, no?

- Hablas como uno de esos activistas que aquí no son bienvenidos -le acusó Lucinda- ¡Cómo se nota que tú no eres de aquí, no lo entiendes! La tradición es lo nuestro: lo que fuimos, somos y seremos. Nadie de fuera nos hará cambiarla.

En ese momento, Roque tuvo la certeza de que esa noche dormiría solo una vez más. Pero esta vez apenas le prestó atención a su recurrente soledad: el tema de la cacería humana le sobrecogía. Se despidió de la risueña Lucinda con la excusa de que estaba muy cansado. Pero en realidad aquella noche no pudo conciliar el sueño. Bien temprano recogió sus cosas, y con el alba abandonó el pueblo y continuó su camino: Vilcanota sería un lugar para olvidar...

miércoles, agosto 31, 2011

En un barquito

Cada vez más a menudo me siento como en un barquito en medio de la mar. Navego solo y sin rumbo fijo, y no me identifico con nadie.

El mundo que me rodea es como una mar brava. Los vientos enfurecidos soplan de aquí y allá, pero más que llevarme a ningún lado me alborotan y cansan. Me siento desorientado pero no tengo ganas de llegar a ninguna de las islas que me rodean. Mi barquito zarandeado es mi propia isla.

En estos tiempos de crisis soplan vientos huracanados. Unos vienen a salvarnos con milagros y dioses. Otros vienen en un barco prometedor pero cargados de ira y no paran de gritar "¡a por ellos, subid al barco, no dejemos que nos hundan, vamos a por ellos!". Presiento que su encarnizada lucha nos hundirá más. Y otros, los principales culpables, simplemente nos lastran con sus artimañas hasta el fondo mientras ellos intentan salvarse. No parecen darse cuenta de que irremediablemente se hundirán con nosotros...

De golpe y porrazo, mi barquito se voltea. Boca abajo, bajo el agua, no siento el fuerte viento ni los gritos de nadie. Ya no oigo voces que prometen salvación. El silencio podría ser un anhelado consuelo, pero no puedo respirar. Siento la asfixia y me aferro a la vida con todas las fuerzas que me quedan. Consigo dar la vuelta al barco. Podéis gritar todos a mi alrededor, pero a ninguno os presto atención ya. Ahora mis cinco sentidos están concentrados en achicar agua y en no parar de remar. En estas aguas tan turbulentas, mi breve barquito es el único refugio del que me puedo aún fiar...